Editorial

Black Sabbath: Umbral hacia el fin del Mundo

Enfermos todos, paranoicos e incrédulos sobre el final, Black Sabbath los colgó a todos en un viaje, los subió a una nube y al corte de la música que ya estaba formando un rito en trance, los dejó caer en picada y envuelto en llamas a lo más hondo del infierno.

Foto: Jokko

Las generaciones están marcadas por hitos, formas de vida, y estereotipos, pero hay algo que puede sobrepasar todo eso y además, pasar de generación en generación… la música, y sobretodo la de leyendas.

Black Sabbath, un traspaso generacional que tiene como única parada el fin del mundo y de la creación. Pasada las 21 horas en un Estadio Nacional con más de 60 mil personas—y obviamente—con la ovación correspondiente, se proyecta la escena del apocalipsis, en donde el diablo es el único protagonista y la destrucción el desenlace, con un trama en fuego escupida desde la boca de Satanás se forman las letras moradas con un contorno que señalaba que Black Sabbath estaba listo para comenzar.

La silueta de Ozzy Osbourne se hizo reflejar, paso a paso junto a Tony Iommi y Geezer Butler. Mencionar también a Tommy Clufetos el baterista que se echó el show al hombro. “Black Sabbath” fue el inicio del fin, entre gritos, efervescencia, emoción, y por qué no decir rabia también, el público fue la mejor herramienta del pasado sábado. “Fairies wear boots” mantuvo la emoción en la misma línea, de una atmósfera electrizante e infernal al mismo tiempo. El frontman mantenía su atención hacia el público, atento acerca del estado de sus fans. “After forever” e “Into the Void” fueron la cúspide de la adrenalina en cancha, con la tediosa espera golpeando el cansancio de los espectadores. Pero aun así, los británicos continuaban, no había pausa; potencia evidente, era la demostración que la música es trascendente a toda edad.

La tendencia en cualquier concierto es que la inyección de poder va de menos a más, y es así como uno entiende que el show está llegando al final. Pero esta ocasión era la excepción; absolutamente todas las canciones fueron tocadas como si fuera la última, es que Black Sabbath se convirtió en una metralleta de éxitos. Los presentes así lo percibieron con “War Pigs”: la destrucción del mundo en una sola canción, hay que mencionar que el complemento audiovisual calzaba al pie de la letra.

Si bien Iommi aprovechaba cualquier oportunidad para mostrar sus dotes con la guitarra, ahora era el momento de Butler, el intervalo entre el silencio y un solo de bajo impresionante, con un técnica que pareciera que estuviera en cámara acelerada. Las cuatro cuerdas simbolizan el poder en la mayoría de las bandas, pero en Sabbath, es más que eso, si hubiesen ventanas cercas de la cancha del reducto ñuñoino de seguro se rompen a tal potencia. Así se dio paso a “N.I.B.”. pero los solos no acabaron, un espacio individual sobre el escenario dejó la banda a Clufetos, su baterista, que se robó miradas por más de diez minutos en una secuencia de improvisacions que volvieron a inyectar al público, de la misma manera en que Ozzy con un dedo se apretaba una fosa nasal para aspirar aire y seguir con el show. Clufetos irradiaba potencia y energía para prender la jornada. Así pasaba “Rat Salad”.

Continuaba “Iron Man” y “Dirty Women”; la emoción se estaba resbalando, Ozzy llamaba a disfrutar indirectamente señalando que sólo quedaba una canción más y que la tocaría únicamente, dependiendo de la energía de sus súbditos. Y bueno, el resultado era obvio: ”Children of the grave” cerró preliminarmente la noche. Ya que ni siquiera dos minutos después de la bajada del grupo del escenario, Osbourne de actuales 67 años de edad, comenzó, desde bambalinas a corear con el público, así que sin más, la canción que hizo estallar casi cinco décadas de música y que no demoró más de 25 minutos en componerse, fue Paranoid.

Enfermos todos, paranoicos e incrédulos sobre el final, Black Sabbath los colgó a todos en un viaje,los subió a una nube y al corte de la música que ya estaba formando un rito en trance, los dejó caer en picada y envuelto en llamas a lo más hondo del infierno.

Casi una hora y cuarenta minutos de show fue la postal que Black Sabbath dejó en el Estadio Nacional, si bien su tour no termina aquí, para Chile el fin ya llegó, y no hay nada que se pueda hacer para revivirlo. Sin duda uno de los mejores espectáculos que dejará este año; si usted no estuvo ahí no tiene el pase hacia el infierno, sólo pueden aspirar a ir con Dios (como señaló el vocalista de Rival Sons al terminar su actuación).

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