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Coldplay – A Rush of Blood to the Head (2002)

El mejor trabajo de lo británicos cuenta con la madurez del que Parachutes carecía, y eso que solo estaban empezando. Reseñamos el segundo disco de Coldplay a 15 años de su lanzamiento.

Artwork: Sundsbø

Coldplay la tuvo bien difícil cuando partió su carrera. La crítica hablaba más de su parecido con Radiohead que de cualquier otra cosa (y no es que hayan estado tan equivocados). Después de Parachutes (2000), seguían manteniéndose en la segunda línea del pop, aun habiendo ganado un Grammy y vendido 5 millones de copias. Coldplay había sacado un buen disco, pero tambaleante. Era momento de definirse y volverse más audaz a la hora de las letras y la instrumentalización. El resultado fue “A Rush of Blood to the Head”, un disco que marca el punto más alto en la carrera de Coldplay, y que algunos consideran como el mejor de la historia.

Echemos un ojo a la tracklist. In My Place aparece como segundo corte, justo antes de Good Put a Smile upon Your Face, The Scientist y la atractiva Clocks. Esos cuatro himnos puestos de forma continua pueden derivar en un desequilibrio respecto a la segunda parte del disco, pero este no es el caso. La verdad es que A Rush of Blood to the Head es el disco más completo de Coldplay. Escapa de los singles (un logro titánico considerando de qué hablamos) para construirse como una pieza que se sostiene de extremo a extremo.

Es difícil pensarlo ahora, pero en el 2002 Coldplay competía de igual a igual con Wilco, Beck, Interpol y Queens of The Stone Age. Fueron muchas las listas en que los británicos ocuparon el primer lugar de los mejores discos de ese año, superando a los nombres ya mencionados. Los argumentos no se podían negar tampoco.

A Rush of Blood to the Head vino momento para el rock británico que parece haberlo rogado. Del cadáver descompuesto del britpop muchas bandas sacaron inspiración para querer escribir himnos para el reino, y eso funcionó por un rato, pero faltaba algo más. Coldplay sacó un disco intenso, melancólico, pero al mismo tiempo resplandeciente. Chris Martin tuvo la misión de llevar desde detrás de su piano, lo mejor del art-rock británico al mundo, y por un par de años se mantuvo así.

Hablar de este disco en 2017, habiendo presenciado el giro sonoro y estético que la banda desarrolló después de Viva la vida (a juicio personal, un magnífico cierre al Coldplay sin EDM), permite dilucidar rápidamente porqué algunos cuando se refieren al “buen Coldplay” citan a este disco.

Si se pone atención, se puede notar la complejidad emocional y musical del disco, siempre dentro del pop, pero expresada en un formato que varía ampliamente en performance vocal. Chris Martin no tiene una voz demasiado virtuosa, pero sí un timbre que no hace más que amplificar el mensaje emocional. Son frases simples, memorables, que no apelan a metáforas demasiado complicadas y que son fáciles de memorizar. Versos que parecen puestos con un trabajo de ingeniería para cumplir el rol de himno, como si estuvieran puestas meticulosamente ubicadas para hacer cantar a estadios y el oyente casual.

Una vez trataron a unos debutantes Coldplay como gente que “mojaba la cama”, debido a su supuesto sonido meloso e inseguro de Parachutes, aprovechándose de la inexperiencia de la banda y subiéndose al carro de la prensa que los aporreaba porque pensaban que no tenían mucho más qué decir. Imposible escuchar a alguien decir lo mismo después de que A Rush of Blood to the Head haya dejado de girar.

El mejor disco de Coldplay es íntimo y masivo a la vez. Es Green Eyes y Clocks. Si alguien afirma tercamente que Coldplay nunca valió la pena, es que no ha sabido escuchar.

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