Editorial

Cypress Hill: la noche de los vatos

Curioso para algunos: puede bien ser llamado el ‘segundo concierto’ de Cypress Hill en nuestro país. Sus pasos en Lollapalooza se tiñeron de un ambiente elitista, justamente aquél que tanto critican en sus versos. Cabelleras rubias, flores en la cabeza y músculos cubiertos por ropa Zara fueron reemplazados por sombreros vatos, flores de marihuana y tatuajes que hablan de lo difícil que es la vida en un estrato social bajo.

foto: francisco longa

En el exterior el clima se teñía de nubes e imponente frío. Los accesos eran pacíficos pero con un toque de caos en sí: guardias corriendo de un lado a otro, personas saltando la reja y constantes movimientos con carácter ‘sospechoso’ en todo el Movistar Arena. Una comunión bajo el eslogan de ‘Libérate’ que hizo honor a su nombre; desorganización en todos los aspectos con la música y rimas improvisadas gobernando los alrededores del Parque O’Higgins, en lo que bien podría simbolizarse como los primeros conciertos del West Coast Norteamericano a finales de los 80s.

El reloj marcaba las 21:20 hrs cuando la antesala del retorno de Cypress Hill empezaba a configurarse. Su show no sería eso sí bajo paradigmas de un nuevo disco o inclusión en un festival, por el contrario. Se trataba del aniversario número 25 de su ópera prima, un registro que consiguió vender 2 millones de copias en Estados Unidos, ofreciendo unas líricas de alto contenido social en prosa agresiva. 16 canciones que cambiarían la historia no sólo de los oriundos de South Gate, sino de todo el rap y la forma en que se hacía.

Un animador, con la calórica vida alcohólica de los 30 años encima, da la bienvenida al conjunto tras unos pequeños juegos con el público. Media hora antes de lo pactado, el grupo se pasea de un lado a otro en el ex Arena Santiago mientras los miles de asistentes raspan su encendedor para quemar la bendita hierba. Es necesario detenerse acá: a diferencia de los últimos dos shows de B-Real y compañía en suelo santiaguino, éste no fue en el marco de un festival (Lollapalooza en ambas ocasiones) y el cambio se distinguía a simple observación: poleras que hacían honor a equipos de la NBA, mujeres que en ausencia de un cintillo de flores lucían sus largos y extensos dread, y lo más importante aún, una conexión íntima con la banda. Portavoces de las historias de cada uno de los asistentes.

Get ‘Em Up suena sin fallo alguno, en un impecable desplante si de ingeniería en sonido se trata. Curioso además que hace unas semanas The Libertines e Iggy Pop quedaran en deuda en dicha materia, con un retorno que hacía eco en el muchas veces fantasmal Arena. Al ritmo de los cánticos se prendes los ‘pitos’ de marihuana. En los silencios, los ‘vatos locos’ muelen y enrolan. El personal de seguridad se ve sobrepasado con una decena de personas saltando a cancha para proseguir la fiesta.

Cuando Ship Goes Down se escucha a todo pulmón B-Real formula una petición que estaba de más: “Salten todos”, exclama ante lo que le responden a su petición. Es menester destacar que este fue de los pocos conciertos donde el público se entrega total y completamente al artista. Ya sea en forma de saltos, movimientos de mano o demases, un repleto recinto rugió y disfrutó al cuarteto.

En muchas ocasiones venía a memoria su debut en Chile bajo el alero del festival Crazy Rock; un evento llevado a cabo en el álgido clima de 1997 y que presentó un cartel sin línea lógica alguna: Los Tres, Nick Cave, Luis Miguel y Aterciopelados; éstos últimos resultaron bañados en escupitajos del ex Teatro Monumental antes del show de Cypress Hill. Locura y sentimiento ‘de pobla’ en código ‘old school’ que mutaron el ‘sol de México’ en una nube verde jamaicana con tintes guaranís. A la par, el ‘Rapulento’ se tomaba la extinta Feria del Disco.

Here Is Something You Can’t Understand es precedida de una improvisación de alto calibre de DJ Muggs; beats con enfoque Disco que recuerdan el raspado de vinilos de finales de los 90s, y que en sus manos encuentran un refugio existencial. La gente baila y se abraza: la catarsis está desatada. B-Real toma el micrófono antes que la canción elaborada en 2001 termine y exclama: “¡fumen conmigo!”, la gente alza sus estupefacientes varios creando una humareda sin precedentes. El músico de ascendencia estadounidense y mexicana realiza lo mismo con un ‘cigarro’ de proporciones bíblicas, el bien llamado ‘perno’ reposa en su mano mientras balbucea palabras más suavemente, adhoc con el ambiente.

Las luces del escenario se tornan verdes, cuando las alarmas de Yo Quiero Fumar Mota repercuten en todo el recinto. La marihuana corre de mano a mano, y los frecuentes flashes de las plateas se transforman en destellos de fuegos. Una canción que se cantó a todo pulmón.

Tiempo de descanso luego de saltos incesantes. La banda inicia una íntima conversación con sus auditores. “¿Están teniendo un buen tiempo?”, cuestiona en un tenue español ‘Mad Dog’. Aullido positivo generalizado, ‘The Gunslinger’ saca su segundo ‘caño’ de la noche y propone un interesante juego: quién grita más, ¿el sector de la derecha (representado por B-Real) o la izquierda (representado por Mad Dog) del Movistar Arena?

Tal cual las propuestas de antaño del Festival de Viña del Mar por próceres de la canción española, los miles de ‘vatos’ entran en sincronía. El sector de la izquierda bajo la perspectiva de la banda obtiene como prueba Jump Around, clásico de House of Pain, colectivo muchas veces confundido con los mismos Cypress Hill. El resultado es apabullante: se enciende una bengala y el público baila a su ritmo, espacios quedan vacíos ante la euforia trasladándose a las rejas, muchos incluso optan por derrochar su éxtasis alrededor. Una sonoridad que es cortada abruptamente para dar paso al otro sector; Smellks Like Teen Spirit hace un ruido causando una reacción similar. Dog y Real contemplan orgullosos antes de decidir al ganador. “Ganamos nosotros carajo”, grita Real.

Luego de aplausos recíprocos ambos afirman “ahora vamos todos juntos”, segundos de suspenso y sí, el clásico de clásicos. Insane in The Brain, canción forjada en el lejano 1993 y que les significó adentrarse con fuerza en las listas, que por esos días veían un creciente movimiento del grunge, britpop y nu metal. “Loco en el coco” exclama la cancha mientras gesticula apuntando a su mente. Comunión desenfrenada una vez más; inclusive las graderías más alejadas del escenario derrochaban fuerza. “Oh shit” exclaman muchos.

Las energías no flaquean a pesar de lo demandante de la cita. Las luces se prenden y se puede observar la expresión facial de muchos: felicidad conjugada con ojos rojos y sudor. Tequila Sunrise inicia el apogeo del show siendo coreada con una fuerza in crescendo.

Último descanso. Eric Bobo, un conocido de Chile por sus múltiples colaboraciones con Latin Bitman y otros artistas se presenta en idioma musical. No exclama palabra alguna, se lo deja a sus bongos. Cerca de 5 minutos de improvisación recorriendo el folclor cubano y música tropical. Termina golpeando extasiado sus instrumentos ante un férreo grito de los presentes. Quizás uno de los momentos más aplaudidos de la velada.

Throw Your Hands in the Aire logra su cometido con un paisaje de infinitas manos apuntando al cielo. Al final B-Real destaca su cercana relación con nuestro país anteponiendo “Cypress Hill nunca se acabará” para luego agradecer por el apoyo desde sus inicios.

Una larga y angosta faja de tierra que más allá de ser un jovial lugar para recibirlos —incluso con una pobre publicidad y difusión en esta ocasión—, les significa una guarida creativa, en la que personalidades como Eric Bobo o B-Real han iniciado proyectos musicales con compatriotas, nutriéndose además de los sonidos de esta alejada región.

“El hombre con la mejor marihuana del mundo” entona las primeras letras de (Rock) Superstar anticipando su marcha del escenario. Los últimos resabios de hierba se prenden y las afiladas cuerdas se entrometen en los cerebros ya alterados de muchos. Una composición en la que participó Tom Morello dándole un enfoque ‘Rage Against the Machine’. Son cerca de las 23:00 hrs. y la banda se aleja del escenario. En los micrófonos se escucha ‘Prophets of Rage viene pronto’ mientras se hacen uno con el humo. El público espera con ansias el encore pero la música de ambiente dice otra cosa. Luces encendidas, y todos inician la marcha de salida. Se puede apreciar personas desmayadas por los excesos de una jornada que quedará en la retina de muchos por ser de esas pocas, donde absolutamente todos van a ver música estando en la misma sintonía que ella.

Curioso para algunos: puede bien ser llamado el ‘segundo concierto’ de Cypress Hill en nuestro país. Sus pasos en Lollapalooza se tiñeron de un ambiente elitista, justamente aquél que tanto critican en sus versos. Cabelleras rubias, flores en la cabeza y músculos cubiertos por ropa Zara fueron reemplazados por sombreros vatos, flores de marihuana y tatuajes que hablan de lo difícil que es la vida en un estrato social bajo. Y si bien las presentaciones del cuarteto en el evento creado por Perry Farrell fueron redondas, sin hincapié alguno, el público nunca las acompañó con la efervescencia y furia que merecen.  Saltos a destajo bajo un ambiente caótico desde el inicio: el concierto que desde 1997 Cypress Hill no podía concretar en Chile.

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