Editorial

El plan maestro de Richard Ashcroft

Terminó de cantar emocionado antes de irse tras bambalinas con una bandera tricolor cargada a los hombros, mientras todavía sonaban las cuerdas más reconocibles de la música contemporánea. Que aún resuenan y que no quieren olvidar jamás.

foto: Jaime Valenzuela

Desde principios de los noventa, con los primeros de pasos de The Verve en los escenarios, Richard Ashcroft ya venía construyendo su imagen de showman. Errático y en ocasiones arrogante, “Mad Richard” se hacía respetar y defendía lo que hacía hasta con garras y dientes. Ofreciendo puñetazos en sus primeros shows en locales pequeños de Inglaterra, pasando por un Glastonbury donde decenas de miles de personas pudieron oír -literalmente- su corazón, hasta hoy, que recorre descalzo el centro del escenario en el Teatro Caupolicán en su debut en Chile, Ashcroft da la lección de que no necesita de su banda madre hacer que su plan dé resultado.

¿Como pilla a Ashcroft su primera visita a Chile? Con un disco tibio – en referencia a los meses que han pasado desde su estreno, tanto como su recepción por parte de la prensa británica- que busca repetir la fórmula del “Urban Hymns”, esa del pop rock con arreglos de cuerdas que agregaban epicidad y emoción, de hecho, Ashcroft invitó al mismo productor encargado de esa parte para que lo ayudara en el nuevo disco; también lo pilla después de una hibernación de casi seis años, en el que descubrió nuevas rutas espirituales y fue formando su discurso anti-guerra en Medio Oriente y crítico del juego político corrupto, no desde el pacifismo, sino que desde la indignación.

Desde “Out of my body”, sacada de These People, Ashcroft salió al escenario sin su traje azul ni su máscara de gas, característicos de la gira, pero siempre con sus clásicos lentes de sol. La canción funcionó gracias a su coro preciso y aprendible, además de ser la canción más indicada del disco para abrir el show por lo directa y abrasadora. “Space and Time”, de la época The Verve, funcionó innegablemente mejor; si la mayoría de la gente no se había levantado de sus asientos para la canción anterior, aquí eso se erradicó y evidenció una tendencia prevista que se desarrolló a lo largo de todo el concierto, que los números de The Verve opacarían a su material solista, sobre todo de su disco más reciente.

Ashcroft terminó “Break the night with Color” descalzo y con la bandera de chile colgada de su pantalón. Durante, hacía una reverencia casi chamánica con besos al escenario y una pose parecida a una de yoga y que contrastaba con el fervor con el que rato más tarde emplearía contra la guitarra eléctrica, cuando usó sus lentes sobre las cuerdas que se distorsionaron mientras la banda que lo acompañaba hacía los suyo al máximo.

Los músicos que acompañaron a Ashcroft nunca fueron protagonistas ni destacaron por su carisma, más bien, siempre se mantuvieron en un lugar fijo durante todo el show, a excepción de un solo de guitarra que puso al músico más cerca del público, pero siempre animados por su líder que los incentivaba mediante gestos y bailes.

Antes de que sonara “Music is Power”, un par de canciones nuevas tuvieron su espacio. Se hizo evidente en los cuerpos de gran parte del público que no estaba muy convencido de estos temas, que volvieron a ocupar las sillas mientras Ashcroft seguía dándolo todo sobre el escenario.

Cuando sonó “Sonnet” fue evidente que un porcentaje amplio del público había asistido solamente para escuchar los himnos de The Verve. En las seis canciones anteriores el Teatro no había sonado ni remotamente parecido al estruendo que generó ese clásico, fenómeno que se repetiría en varias ocasiones más durante el show, en un constante tira y afloja de canciones con exageradas diferencias en cuanto a recepción.

Durante el siguiente par de temas, varias personas volvieron a ocupar sus asientos porque no que seguía no se acercaba a lo que proponía en la canción pasada. “Science of Silence” y “These People”, fueron correctas y sobre todo en la homónima de su nuevo disco, que pudo servir de medio para canalizar su rabia anti-sistema y establishment político. “Esta gente”, se refería a los políticos y poderosos que “joden nuestras vidas”.

Después de advertir que lo que vendría ahora sería ruidoso y bromeando con que los que no estuvieran preparados abandonaran el lugar, Ashcroft dio lugar a “New York”, la más pesada de todo el show y en la que se enfocó en hacer su guitarra lo más fuerte posible durante una extensa parte instrumental que acabó con las cuerdas de su Telecaster rotas, antes de bailar y saltar por el escenario en busca de manifestar y transmitir su fervor, que encontró cabida innegable en los asistentes.

“Lucky Man” fue la que cerró la primera parte del show, estratégica elección para dejar pidiendo más a un público que todavía quería seguir escuchando clásicos como solista y del “Urban Hymns”; y que sabía lo que se venía.

El plan maestro de Ashcroft consistió en ocupar los temas más insignes de su carrera  estratégicamente distribuidos, y así mantener al público siempre atento y que la incorporación de algunas canciones más nuevas no abrumaran si es que el público no era muy conocedor de su material solista. Siempre confió en sus canciones, como si tuviera la fórmula que nunca falla. El concierto a esta altura de la noche había probado la capacidad de su atractivo en solitario del británico; si es que había una canción que resultaba más débil, la respaldaba con su puesta en escena y su capacidad para incentivar a las masas con sus acercamientos al borde del escenario y ocupar todo el volumen de los instrumentos.

Después del encore, Ashcroft volvió solitario y con una guitarra sobre sus hombros para dar inicio a la parte más íntima del show con “Song For The Lovers” de su disco de principios de milenio. Una versión desnuda que no necesitó de la compañía de la banda para dar resultado y transformarse en uno de los puntos altos de la noche. Un par de temas a pedido del público sonaron antes de “Drugs Don’t Work”. Era una canción que no podía fallar y estuvo lejos de hacerlo. Ashcroft en la guitarra mantenía hipnotizados con este himno de último adiós al asistente casual, como al fanático más estudioso. La canción trajo de vuelta a la banda al escenario, que subió entremedio de la canción para ayudar en el último coro antes del final.

“Prepárense porque están a punto de cantar la mejor canción de la historia”, advertía un segurísimo Ashcroft antes de apuntar a la primera fila y decirles que era su turno de tomar el micrófono. Apenas sonaron las primeras notas de cuerdas, el público se puso de pie. Desde la galería hasta la primera fila. Era Bittersweet Symphony, y sonaba por primera vez en Chile frente a una multitud ansiosa que esperaba que llegara el verso para poder cantar. La canción más exitosa de The Verve e ícono de los noventa sonó como tenía que sonar, única y monumental. Tal fue la confianza de Ashcroft sobre la canción y el público, que no dudó en lanzar el micrófono a la primer fila, que se lo peleó por poder hacer sonar su voz por todo el teatro y ser parte de ese momento histórico y esa oportunidad de una vez en la vida. No hubo problemas para que volviera a las manos de Ashcroft y terminara de cantar emocionado antes de irse tras bambalinas con una bandera tricolor cargada a los hombros, mientras todavía sonaban las cuerdas más reconocibles de la música contemporánea. Que aún resuenan y que no quieren olvidar jamás.

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