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Pop barroco: el debut homónimo de David Bowie

La calidad del material ha sido discutida y lo será eternamente y aquel espacio de discusión se justifica por una sola razón: es el debut de Bowie, la primera pesquisa del maestro, justamente lo que pasó antes de arrastrar tal densidad musical, cuando nada había sucedido y los caminos eran casi tan amplios como él nos dio a entender.

ilustración: archivo

Primero de Junio de 1967, exactamente el mismo día del mismo año que se lanza el “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band”, aquel día se instaura más de una leyenda musical como podemos ver. 50 años han pasado y no es precisamente el momento musical por el cual ha sido reconocido, un debut que marca un antes y un después en la escena siendo la aparición de Bowie con todas sus letras, aunque musicalmente muchos difieren. Hemos propuesto hoy una breve revisión del debut de David Bowie, el eterno señor de las estrellas, el eterno maestro de nuestros viajes espaciales.

Un David de tan solo veinte años, cumplidos en enero de aquel año, se integra al espectro por primera vez por el mítico nombre de David Bowie, no así a la música ya que tres años a unos tempranos diecisiete lo veíamos intentar ingresar a las luces con un sencillo titulado “Liza Jane” bajo el nombre de Davie Jones and the King Bees. El debut entonces hasta hoy resuena junto con mismas aclaraciones de Bowie más tarde, quien afirma fue un álbum bastante prematuro o refiriéndose a él como “that Anthony Newley stuff”.

“David Bowie” en su totalidad está compuesto por el duque contando con arreglos del músico Dek Fearnley quien también encarna al bajo en el álbum, dispone de un referente bastante obvio: el pop barroco. Aquel género nace a mediados de los sesenta como derivado del pop orquestal, caracterizándose en sí mismo por ocupar arreglos e instrumentación propia de la música clásica barroca. Aquel es un referente que no se deja de lado al sumergirse en la primera alucinación de las estrellas, una lejana alucinación. El álbum en sí presenta una cercanía tal que nunca ha dejado de alejarse del género, de hecho parte como una pieza barroca en su forma más nostálgica acercándose en momentos hacia algo más moderno cuando renacen las guitarras acústicas a ratos.

El acontecimiento terrenal en donde Bowie se nos presenta por primera vez nos deja postales barrocas pregnantes y pegajosas, con esto nos referimos a “Sell Me A Coat” segundo tema del álbum que nos presenta una nostálgica y madura voz de un veinteañero inglés de curiosidad sonora aún no explotada, y “Rubber Band” una canción que posee una introducción que se apega al barroco una vez más y nos da indicios de aquella teatralidad de la cual éste álbum se apodera. “Join The Gang” se instaura como una canción muy típica de una escena cinematográfica clásica de cantina, por otro lado con temas como “Little Bombadier” nos despiertan referencias como el waltz, algo así como un desplazamiento de aquel elegante género favoreciendo una vez más una voz que no podemos dejar de reconocer, sea cual sea su contexto musical.

Su voz es un tema controversial y que hasta su último lanzamiento “Blackstar” jamás dejó de dar cátedras, aquí se nos presenta exactamente como la conocemos, capaz de representar lo áspero y a la vez agudo de su registro tan particular. En ésta ocasión no se ve extralimitada como en “Starman” o en “All The Young Dudes” quizás, pero podemos mencionar que exactamente para tener veinte años se instauraba como madura, algo así como un reflejo de su vieja alma.

Ésta aparición si lo comparamos con un Sgt. Pepper es bastante difícil de resaltar, es una extraña aparición contando con el dato de que fueron lanzados el mismo año, y aún más si se viene desde un Ziggy Stardust o de un “Let’s Dance”, pero si volvemos a los datos el Sargento Pimienta era el octavo de los Beatles y éste el debut de Bowie. Lo que no podemos dejar de mencionar es aquel toque teatral propio del cual nunca deja de lado, el cual hace sus destellos hacia temas como “Ashes To Ashes” por ejemplo. De hecho como sabemos es el precursor del eterno “Space Oddity” tan solo dos años después, curioso en su totalidad ya que aunque hay elementos que podemos encontrar en el homónimo que se replican,  hace aparecer otro tipo de referentes sonoros, desplegándose como una entrega netamente más eléctrica.

Una especie de previa al complejo mundo de alligators, astronautas y dioses estelares de los cuales nos hace parte años más tarde, musicalmente bizarro como lo describe el mismo Bowie y que no nos refleja directamente a un Ziggy o a un duque blanco. Líricamente extraño, la teatralidad se despliega desde el cantante y actor inglés Anthony Newley, que 50 años después y luego de ser reiteradamente empacado se nos hace bastante difícil acceder a las versiones originales y crudas.

La calidad del material ha sido discutida y lo será eternamente y aquel espacio de discusión se justifica por una sola razón: es el debut de Bowie, la primera pesquisa del maestro, justamente lo que pasó antes de arrastrar tal densidad musical, cuando nada había sucedido y los caminos eran casi tan amplios como él nos dio a entender. La trampa sucede justamente cuando la comparación se adelanta y entran a flote diversas aseveraciones, pero a pesar de aquello éste siempre será el punto inicial. 25 álbumes más tarde y una temprana desaparición tan solo terrenal el debut continua siendo debut, y lo teatral barroco nos deja un gusto quizás incómodo. “David Bowie” de 1967 nos habla de aquel recorrido y cómo los límites no existen, realmente no existen cuando hablamos del astro que verdaderamente nunca nos ha dejado: el eterno David Robert Jones.

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