Editorial

El primer íntimo encuentro entre de Chile y Morrrissey

Desde esa primera visita, Morrissey ha sido un artista que ha formado su séquito no en base a discos superventas ni publicidad millonaria, si no en esa identificación con el poeta sentimental que habla sobre soledad, melancolía y amor (y desamor). Esos temas que tanto gustan en esta tierra.

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Hay varios registros en Youtube que dan cuenta de lo que fue esa noche. Las videograbadoras de ese tiempo retrataban para siempre en baja resolución una velada mágica. El ícono pop melancólico hacía su ingreso en un escenario ya cubierto de gladiolos, en un ritual que se reiteraba en cada país que visitaba, pero que no pasaba de moda. “Todos mis niños chilenos”, decía Moz a las 7 mil personas que llegaron al Estadio Chile, con entradas que bordeaban los diez mil pesos.

Morrissey pisaba por primera vez tierra chilena. Eran los primeros meses del nuevo milenio y el local ícono de la escena underground de esos años albergaba un nuevo nombre a sus medallas.

El ex The Smiths llegaba con canciones que pudieron madurar casi dos décadas. Sus discos solista también aportaron a crear a esa devoción que se tradujo en una fila que empezó a formarse desde las primeras horas del día. Los cintillos y merchandising abundaban. Era fanatismo en su forma más pura. El mismo que causó esa bulla fervorosa apenas Hairdresser On Fire hizo sonar sus primeros acordes. “Bienvenidos al retrete más grande de Santiago… beber y fumar son esenciales esta noche”, ironizaba frente a un Estadio Chile que se asfixiaba por el humo de cigarro y se ponía a tono con algún brebaje infiltrado, en una época en que las cosas eran más simple y las prohibiciones no invadían aún.

Una noche en que el británico tenía ganas de hablar y las descargó entre canciones. “Es sobre cultura de la sangre, la cultura de la sangre, carne, carne, carne, cultura sanguinaria, oooh!” antes de Meat is Murder, evangelizando desde siempre en sus conciertos, en esa ideología anti crueldad animal que lo caracteriza desde los 11 años.

Historias de esa visita se cuentan por montones en foros de internet que ahora juntan polvo. Una afortunada cuenta la historia de cuando consiguió sacarle un pedazo a la polera que lanzó Moz al público, después de Now My Heart Is Full y de destruirse entre decenas de manos. El rumor de que Morrissey caminaría una par de cuadras y celebraría en la Blondie (que nunca se confirmó). Que las entradas fueron cortadas por la mitad y con ellas la ilusión de mantener un recuerdo físico de esa noche mágica. La aparición de bootlegs en el persa Bío Bío con audios directos de la mesa de sonido que se vendían a 3 mil pesos. Y la opinión unánime que el Estadio Chile no pudo hacer sonar bien a Morrissey, pero no le quita peso al valor del show.

Se cambió de polera, dejó su botella en el piso y Billy Budd comenzó. La canción parte mal. No poder cantar las primeras frases porque el micrófono no coopera hace que Moz se preocupe. Detrás de él, la batería con una imagen de la bandera chilena continúa el show. Más atrás, el telón cae para mostrar el proto-meme “Qué demadre!”: la imagen del futbolista inglés Terry Venables en un contexto poco claro. El evento causa euforia.

Morrissey se peina y juega con el micrófono. Está claro que nadie les quita los ojos de encima. Él lo sabe y eso no le incómoda, está en su salsa. Tal vez algo de ese narcisismo fue el que le exigió a la producción del evento que nadie lo mirara ni hablara. Hasta el chofer que lo trasladó desde aeropuerto era obligado por contrato a llevar a un pasajero fantasma.

“¿Saben cuánto cuesta esto? ¡Carísimo!” Se burlaba Moz poco antes de terminar su show, haciendo gala de un traje de marinero que usó para interpretar Shoplifters Of The World Unite y la canción que cerró el show, Last Night I Dreamt That Somebody Loved Me, y después dejar los oídos con un pitido que funcionaba como un último rastro de esa velada, que la prensa tituló como un “noche de flores y melancolía.

“Yo no he hecho mucho por Morrissey, pero él ha hecho mucho por mí”, afirma un fanático ante la prensa. “En las etapas importantes de mi vida él ha estado ahí, acompañándome”.

Desde esa primera visita, Morrissey ha sido un artista que ha formado su séquito no en base a discos superventas ni publicidad millonaria, si no en esa identificación con el poeta sentimental que habla sobre soledad, melancolía y amor (y desamor). Esos temas que tanto gustan en esta tierra.

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