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Opinión

Después de Radiohead 2018 nada fue lo mismo

La Karin que entró al nacional aquel 11 de abril, no es la misma que salió y volvió a Viña.

Hablar de conciertos que considero ser de los mejores que he visto en mi vida, creo que la respuesta oscilaría entre la presentación de Deftones en el extinto Maquinaria del 2012, la presentación de Interpol el 2015 en Lollapalooza y Faith No More ese mismo año, pero en Santiago Gets Louder. No obstante, si me preguntan ¿Cuál es el concierto que tuvo mayor impacto en la vida?, no tengo dudas en afirmar sin vacilaciones que fue Radiohead el 2018.

Mi relación con Radiohead comienza el 2007, estaba en séptimo básico, año de muchos cambios, cuestionamientos, excesos de siestas. Pero había un taller en específico que disfrutaba en demasía: era taller de música. Pese a no tener talento para tocar algún instrumento, disfrutaba mucho ese taller porque el profesor encargado nos daba la libertad de elegir la canción que quisiéramos tocar. Era una dinámica muy democrática porque todas y todos llevábamos propuestas para votar en clases y preparar algún tema como próxima evaluación, y fue en ese contexto en que un compañero, uno de mis mejores amigos hasta el día de hoy, propuso la canción Creep. Recuerdo perfectamente que mientras escuchaba la canción se me ponía la piel de gallina, sentía algo que no sabía describir, pero sabía que me gustaba, no entendía porqué me daba pena. Aun así me gustó muchísimo la canción. (Bueno, para los que les interesa saber si la canción ganó, por supuesto que sí, pero no por paliza).

Luego de ese día, obviamente comencé a descargar en Ares muchísimas canciones de la banda, entre ellas Fake Plastic Trees, Street Spirit, Pyramid Song, que hasta el día de hoy tienen para mí un lugar sumamente especial (que más adelante les comentaré porqué). Sin embargo, no fue hasta el lanzamiento de In Rainbows en el que me dí cuenta que Radiohead no era la clase de banda que saldría en MTV en plena ola emo, puesto que con 12 años y sin saber mucho lo interesante que es leer e investigar de música, un viernes de ese año en la edición de la mañana de TVN Carolina Gutiérrez informaba que “la banda británica Radiohead lanza un nuevo disco a través de su página oficial, y que el precio de este sería dictado por la persona que lo quisiera descargar”. Recuerdo perfectamente que mientras me tomaba una tibia leche de frutilla, no podía dejar pensar en la locura que acababa de ver, ¿Una persona puede donar 1 peso?, ¿Existirá alguien que quiera comprarlo por un chillón de pesos?, hasta el día de hoy no he investigado al respecto.

Lentamente comenzaba a tomar el gusto por la música, empezaba a escuchar más bandas, conocer diferentes estilos, una época de mucho interés en saber más de este arte y poco de estudiar. Llegamos al 2008, un año medio extraño por así decirlo, porque por un lado existían las ganas de hacer algo genial porque “salíamos de la básica”, y por otro lado “¿Qué sentido tiene hacer algo si vamos a seguir los mismos hasta cuarto medio?”. Bueno, pese a todos estos pensamientos contradictorios, participaba en todas las actividades que el curso proponía para juntar fondos y hacer ese “algo bacán”. Pero recuerdo una actividad que cambió las cosas para siempre. Era una completada en el departamento de una compañera, estábamos casi todos ahí, fue una instancia de mucha buena onda. Pero cuando se acabaron los completos, bajé a la piscina del edificio de mi compañera, habían varias niñas conversando, hasta que nos quedamos solas, era la primera vez que hablaba con la propietaria de ese departamento ya que había llegado el 2007 al curso y nunca habíamos tenido la oportunidad de hablar personalmente. Recuerdo que con exactitud que uno de los debates que sentenció para siempre nuestra amistad fue: ¿Cuál es la mejor canción de Radiohead: Pyramid Song o Street Spirit?

Los años pasaban, y mi admiración por Radiohead seguía avanzando, simbólicamente siento que me acompañaron en un sinfín de procesos propios de una adolescente promedio. A su vez, al entrar a la universidad la tónica fue bastante similar, Radiohead también significó conocer a personas a través de estos mismos gustos musicales, fuertes debates filosóficos que se transformaban en declaraciones de principios; los que entre cervezas y cigarros en el rancio Roma terminaban en cuestionamientos tipo: ¿Cuál es el mejor disco de Radiohead:  Ok Computer o Kid A?

Llegando al 2017, las cosas en la universidad me estaban agotando. Un embarazo no deseado, una maternidad culposa y dolorosa hacían que asistir a la universidad fuese una tortura. Pese a nunca dejar de lado mis responsabilidades académicas, siempre estuve reventada esos últimos años. El ostracismo y la depresión venían en paquete. Sin embargo, un día miércoles de aquellos en los que se terminan los trabajos dos horas antes de entregarlos, me llamaban por teléfono, en general me pareció raro, odio hablar por teléfono y que la gente escuche lo que estoy hablando, pero esta vez sentí algo diferente, era mi amiga, sí, la misma del debate sobre la mejor canción. De ahora en adelante la llamaremos “Niña Pyramid Song”.

Recuerdo contestar el teléfono desconcertada, con una voz propia de estar en la biblioteca en medio de la ola del fin de semestre: “Aló, ¿pasó algo?”, mientras que Niña Pyramid Song me responde: “Hueona, confirmaron que viene Radiohead, las entradas salen el lunes ¿cómo lo hacemos?”. Quedé helada, puse mi mano en la frente porque no lo podía creer, había leído que existía una posibilidad de que pisaran territorio nacional, pero una es pesimista siempre. Dejé completamente tirado a mi compañero avanzando en el trabajo que debíamos entregar en dos horas más, y empiezo a buscar el precio de las entradas, los detalles, quería saber todo, no podía creer lo que estaba pasando. Con Niña Pyramid Song no teníamos ningún plan, vivíamos de ahorros y presupuestos de emergencia, en la cuenta Rut tenía sólo 24 lucas que eran “por si mi hija se enferma y debo llevarla a la pediatra”. Al momento en que veo el listado de precios, las prioridades dieron un giro en 180°, mientras seguía en el teléfono con Niña Pyramid Song armamos un plan tratando de buscar la manera de comprar la entrada más barata, con la mayor cantidad de descuento y con la menor cantidad de préstamos familiares, la resolución fue: Pacífico lateral con el descuento entel.

En ese momento la misión parecía casi imposible, por un lado Niña Pyramid Song tratando de llegar a fin de mes, por mi lado tratando de sacar a flote una maternidad con los menores recursos materiales, económicos y de apego. La semana avanzaba, era jueves y habían rumores de que no tendría clases el lunes, a lo que corrí a preguntar al profesor del ramo a cargo si era verdad. Creí que dependía de que su clase no se hiciese ese día para comprar la entrada (porque era uno de los ramos más difíciles de la carrera y faltar no era opción), entonces cuando lo veo y me confirma que ese lunes no tendría clases, supe que la misión iría por buen camino.

Hasta el día de hoy no sabemos con exactitud cómo fue que logramos juntar ese dinero, pero la misión la logramos. Pese a constantes cuestionamientos hacia mi maternidad, a la idea de la esclavitud del rol de madre como constructo invariable del ser mujer, por primera vez desde que había nacido mi hija, es que me ponía en primer lugar. Y no sólo eso, fue tan exitosa la misión que teníamos entrada que venía con el logo de la banda, y no “Sue Festival” (que en lo personal considero que nunca fue un festival, sino que un concierto de Radiohead con teloneros).

Llegando al 2018 empezaría lo que sería mi último semestre con ramos presenciales, sentía miedo, angustia, ansiedad, pero por otro lado estaba la fuerte convicción de que ese sería mi último semestre en un contexto, en el que hasta ese punto consideré como inseguro. Recuerdo que ese año fue particularmente agotador, ya que además de todas las responsabilidades que tenía, acepté la oferta de participar en un proyecto Fondecyt que financiaría por completo mi proyecto de título; razón por la cual accedí a participar sin dudarlo. Era una gran oportunidad en el área de la sociología del género, y también acepté porque sentí que luego de tantas burlas por la rigurosidad con la que me enfrentaba estudios y la forma en que muchas mujeres utilizaron mi maternidad como un medio de desacreditación como estudiante y como mujer, alguien por fin veía algo en mí. Sin embargo, como todo en la vida tiene cosas buenas y cosas malas, este contexto no era la excepción. Aprendí muchísimo de género y feminismo, redacción, aprendí a desafiarme y salir de la zona de confort que conlleva el ostracismo. Publiqué en la revista “Cuestiones de Género” y mi tesis fue seleccionada para participar en el congreso ALAS 2018. Pero no todo era color de rosas, puesto que el equipo de trabajo del proyecto fue una real pesadilla, la competencia no cesaba, las ganas de apagarnos no paraban por parte una pareja en particular, el cinismo y el daño parecían no dar tregua en un proyecto que decía ser “feminista”, y por ende seguro.

Con ese escenario personal me enfrentaba a lo que sería uno de los conciertos que más soñaba con ir, pero que nunca pensé que podría ser real; llegaba ese 11 de abril con una mochila enorme, llena de inseguridad, miedo, preocupada de todo el daño, pero jamás en mí. Con Niña Pyramid Song teníamos planes desde marzo en la forma que debíamos tomar ramos para que la fecha no calzara con nuestros ramos, pero para mí mala suerte, debía tomar un ramo con la profesora más complicada de todo el equipo académico de Sociología. Sin embargo, pese a todo decidí faltar a clases ese miércoles. Tomamos el bus de Viña del Mar a Santiago a eso de las 9:00 am. Las críticas frente a mi maternidad no paraban, diversas voces decían “¿Cómo te atreves a dejar todo un día a tu hija sola?, ¿No sientes culpa de irte a otra región a ver a una banda, y no estar con tu hija?”. Recuerdo que ese viaje fue eterno, pero para mi suerte Niña Pyramid Song es una mujer increíble, me dio el soporte y apoyo que más necesité en ese minuto (y también durante todos estos años de amistad).

Llegamos a Santiago, y mientras nos bajábamos del bus recuerdo que sentía mucha ansiedad, sabía que algo lindo se venía pero no estaba preparada para eso. Llegamos lo suficientemente temprano como para que las filas recién se estuviesen armando. Nunca nos aburrimos con Niña Pyramid Song, tampoco nos tomamos muchas selfies, nos dedicamos a echar la talla y comer, porque almorzamos los sándwiches más ricos de la vida, la receta es simple y vegana: Pan con champiñones y tomate.

A medida que la fila se llenaba, notamos que había otra niña detrás de nosotras que había venido sola, y en un minuto de descuido un grupo de seis hombres le habían quitado el lugar. Conversamos con Niña Pyramid Song y decidimos invitarla a compartir con nosotras y que recuperara el lugar que le habían quitado. Era una ecuatoriana, nos comentaba con ilusión que esta era la única oportunidad que tendría de ver a Radiohead porque sabía que no los podría ver en su país natal.

Conversamos muchísimo con ella, hasta que de un minuto a otro una pareja de chicas se comienza a incluir en esta conversación, hablábamos de nuestras experiencias en conciertos anteriores y diversas anécdotas propias de universitarias que no habían ido a clases. Debo reconocer que en ningún concierto o festival había experimentado algo así. Éramos cinco mujeres de diversas localidades: Ecuador, Santiago, Quilpué y Viña del Mar, que sin conocerse previamente se cuidaron, aconsejaron, rieron y disfrutaron. Si tuviese que describir el sentimiento de seguridad que subyace desde la sororidad, sin duda sería ese, porque éramos cinco desconocidas que desde lo genuino, nos cuidamos en un contexto que por esencia es inseguro para las mujeres.

Abrieron las puertas, todas las chicas iban a Cancha Vip, excepto nosotras porque íbamos a la “Casi Galería, pero no”. Nunca nos presentamos hasta que pasamos la revisión de seguridad y confirmamos que lo que estábamos viviendo “No era na’ el club de la pelea”, así que antes de despedirnos, salimos del anonimato, dijimos nuestros nombres y nos dimos un gran abrazo de despedida. (No sé si alguna chica con las que compartí ese día leerá esto, pero tengo los mejores recuerdos de esa fila, las conversaciones y el buen humor. Espero de todo corazón que estén muy bien).

El tiempo pasaba, me dolía muchísimo la guata de la sola ansiedad que significa el momento. Cada minuto que pasaba, me acercaba a la banda que escuché por tanto tiempo, la banda que sin pensarlo me unió a gente tan importante. El cielo era amenazante, era un espacio de tantas emociones y sensaciones que quedaría corta en este extenso relato. Pero hubo una sensación que caló muy fuerte, y fue en el momento en que le tomé el peso a que estaba en el Estadio Nacional, el estadio en que se asesinó, torturó e hicieron desaparecer a tantos en dictadura, ¿Estoy a punto de disfrutar la presentación más importante de mi vida, en uno de los estadios que representa el genocidio de Augusto Pinochet? Decidí bajar la ansiedad, preferí dar vuelta esa situación y pensar que resistir también es resignificar.

Había llegado la hora, las luces se apagaron comienzan los acordes de Treefingers, no podía creer que estaba pasando, nunca había sentido tanta felicidad, no podía con la sonrisa en la cara, ¡Jamás había experimentado algo así! Al momento de comenzar lo que sería el primer tema, el golpe bajo llegó automáticamente con Daydreaming, no aguanté y comenzaron a caer lágrimas, era el segundo track del disco que musicalizó toda una depresión post-parto, era la representación simbólica de una banda que me acompañó muchas noches de insomnio lamentando mi maternidad, mi edad, mi carrera, mi vida.

Cada canción la disfrutaba como si fuese la última, lo sentí como un viaje directo al corazón, una aproximación epistemológica al dolor con diferentes colores, tonalidades y formas. Street Spirit y Pyramid Song se transformaron en los puntos más altos de la presentación a nivel emotivo, estábamos juntas disfrutando las canciones que forjaron la amistad que hoy definimos como: “la familia que nosotras elegimos”, fueron las canciones que unieron a dos adolescentes que no tenían nada en común en un lazo afectivo basado en admiración, apoyo, respeto, alegría, tristeza y profunda sororidad.

Everything in its the right place, Myxomatosis, Let Down, 2+2=5, Idioteque, fueron canciones que permitieron forjar en este emotivo viaje una eterna reflexión respecto de mi evolución como persona. Fue inevitable no pensar en aquellos tiempos en que esas canciones acompañaron diversos estadios de mi vida en los cuales la frustración hizo lo suyo y no me dio tregua. Sin embargo, la irrupción de Reckoner en el concierto fue un llamado de atención a la apreciación personal, un llamado a mejorar el autoestima y confiar en mis capacidades intelectuales y de responsabilidad. Reckoner fue mi cábala para comenzar mi anteproyecto de tesis, dos ramos que se transformaron en mis peores enemigos, dónde la única motivación para abrir el documento y empezar a avanzar en lo que sería mi “tesina” era la versión de grabada  From The Basement de Reckoner. Fueron muchas las noches en las que no dormí escribiendo para esos ramos, fueron muchas las noches de frustración dónde perdía el hambre por la única razón de no querer echarme dos ramos, ¡no podía seguir fracasando!. Es por eso que Reckoner se transformaba en mi versión personal de “We Are The Champions” pero en clave Radiohead. Reckoner era la materialización simbólica de que a pesar de todo el miedo, el dolor, la angustia logré cumplir mis metas.

Las últimas canciones apelaban a los grandes éxitos de la banda británica, Paranoid Android y Karma Police, canciones que en más de una ocasión compartimos con Niña Pyramid Song en su departamento o en mi casa haciendo algún trabajo para el colegio o cambiándonos de carrera. Fueron canciones que marcaron nuestra adolescencia y que estábamos disfrutando de “adultas” en conjunto. Una promesa implícita cumplida entre amigas, por nosotras y también por esas dos adolescentes de colegio católico que nunca pensaron en la posibilidad de asistir a un concierto de la banda que las hizo una familia no sanguínea.

Cuando salimos del estadio no tenía voz, estábamos muy cansadas, teníamos las piernas reventadas, sólo queríamos tomar el bus transfer y volver a nuestras casas. Recuerdo con exactitud que lo primero que le dije fuera del estadio fue “La Karin que entró, no es la misma que salió”, y así fue. Quedamos atónitas por la genialidad y el profesionalismo de los británicos, el nivel y registro vocal de Yorke, el talento de Jhonny Greenwood, la potencia de Ed, y lo multifacéticos de todos. El profesionalismo de la puesta en escena, las luces, todo. 

Por otra parte, el viaje comandado por los cabeza de radio fue un trayecto introspectivo y de profunda reflexión, sentí que ese fue el momento de dialogar con la niña de 12 años que comenzaba cambios propios de la edad y las dificultades con el estudio. Así también, con la “adulta” que estaba terminando la universidad, con una hija en sus hombros, llena de inseguridades y temores; esa mujer adulta que a pesar de las dificultades, estaba ahí, sacando una carrera con el mayor de sus esfuerzos. Una mujer que de alguna manera resistió a la romantización del embarazo y del rol de la mujer-madre. Una mujer que debía dejar de temer y avanzar en lo que se propusiera.

Las cosas siguieron cambiando después de ese concierto. Me reencontré con la música que tanto había abandonado por una depresión que me tuvo días sin comer, días sin dormir, semanas con incesante angustia, dónde mi existencia se reducía a la maternidad y los estudios. Comencé a intentar ponerme en el lugar que merecía, y no en el lugar de eterno anonimato. Decidí priorizarme como mujer y como madre, porque lo valía y lo merecía; porque cómo dice Chimamanda Ngozi Adichie: “Yo importo. Importo igual. No ‘en caso de’. No ‘siempre y cuando’. Importo equitativamente. Punto” (2017: 16).

Al año siguiente vi los primeros frutos del impacto de este concierto, la premisa ahora era “there was nothing to fear and nothing to doubt”. Comenzaba el proceso de cierre de la carrera y por ende terminar la tesis. Tuve miedo evidentemente, pero aun así tuve el valor de terminarla en tiempo récord, por el mero hecho de que podía, porque la historia con Reckoner así lo probaba. Terminé el proyecto de título y lo defendí; el cierre de este proceso estuvo en manos de Pyramid Song como una forma simbólica de agradecer en código Radiohead a mi amiga, a mi familia, a quienes creyeron en mi cuando nadie más lo hizo.

Karin Ramírez Raunigg

Socióloga intoxicada en música.

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