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  • Opinión

    Los delirios de Mañalich o cómo todo se desvanece entre indignación y rabia

    ¿Por qué hay que tener cuidado con la idea de que todos los políticos son tontos? Porque bajo ese paradigma justificamos indirectamente cualquier mierda que ellos digan.

    ¿Por qué hay que tener cuidado con la idea de que todos los políticos son tontos? Porque bajo ese paradigma justificamos indirectamente cualquier mierda que ellos digan.

    Si existe un Dios, odia a los pobres y a la gente en general. Es que ¿cómo chucha? Resulta que por fin el país completo se da cuenta de que todo está mal, que todo debe cambiar, y en un ejercicio colectivo histórico, se lograron mover los repugnantes cimientos de un legado tirano, pero del cielo les cae una pandemia ¿en serio? Bueno, igual nadie se lo esperaba y por más apocalíptico que suene, el único visionario de todo esto fue Salfate, en serio. 

    Ya van cerca de mil contagios oficiales y contando, por lo que a estas alturas, hablar de la ética del Gobierno, su ineficacia o sesgada toma de decisiones realmente pareciera una pérdida de tiempo. Sin embargo, y en medio de una contingencia como esta, hay ideas que van degenerando en verosimilitud, y eventualmente, se adhieren como grasa al imaginario colectivo. Una de ellas es la de que todos los políticos son imbéciles, idiotas, weones, y sí, lo son, pero no  de la forma conciliadora o resignada en que muchos solemos pensar cuando escuchamos a los miembros de gobierno o representantes del congreso vomitando sus comunicados de prensa meticulosamente estudiados, editados y aprobados por el aparato regulador de poder que entendemos como Estado.  

    Sin lugar a dudas que hay políticos y políticas imbéciles o idiotas, pero como sujetos, los agentes representantes operan como meras fichas de la tabla, por lo que muchos de esos imbéciles están puestos ahí para ganar elecciones, porque las elecciones nunca terminan ya que de eso básicamente vive el sistema que por alguna razón, insistimos en llamar democracia, mira esto si quieres entender un poco más.

    Entonces ¿por qué hay que tener cuidado con la idea de que todos los políticos son tontos? Porque bajo ese paradigma justificamos indirectamente cualquier mierda que ellos digan, al banalizar sus discursos como patéticos delirios sin sentido, limitando así nuestro rol como agentes políticos, mientras todo se desvanece entre indignación y rabia. Con esto la máquina sigue andando, quizá mientras se incendia, pero anda y eso es suficiente para sostener un relato ideológico o cualquier artimaña política. 

    Se las saben por libro

    A ver, por muy repulsivo que sea pensar al respecto, Sebastián Piñera no es weón. El empresario tiene un puto PhD en la Facultad de Economía de Harvard, y fue una suerte de discípulo de Kenneth Arrow, un judío que ganó un maldito Nobel de Economía. ¡El viejo tiene su propio teorema! Pero pese a que todo lo anterior diga mucho, este pequeño repaso por el CV del ex fugitivo no pretende destacar su trayectoria académica, sino que graficar algo que comúnmente no se toma en cuenta: Los políticos conocen y entienden el sistema mejor que nadie.

    Ellos no son ciegos, ellos no son tontos, ellos saben que el sistema necesita pobres y marginados, ellos saben qué nos enoja, qué nos duerme y qué nos importa. Lo primordial para ellos no es nada de eso, lo primordial es tener el control de todos los factores que influyen en el mercado, mantenernos consumiendo y alimentando al retail, mientras las inversiones a mayor escala se mantienen intocables.

    La comunicación política es un mecanismo de estrategia y difusión, estudiado hace siglos y ejecutado de forma implacable gobierno tras gobierno, actualizándose y reconfigurándose acorde a las transformaciones del tejido social, del comportamiento de masas y sus tendencias. 

    Su lenguaje es la retórica, o bien, el arte del discurso y la persuasión, base y aparato reproductor de la ideología, la justicia, la publicidad y la fe. Pero al final, cuando el discurso ya está diseminado entre las masas, la comunicación y la retórica son un verdadero cacho para cualquier poder hegemónico vigente. No necesitan convencernos de nada, pero hay que validar la democracia, entonces se informa y transparenta lo necesario para justificar su rol de representantes y opacar las acciones que la burocracia y sus instituciones esconden dentro de sus negras entrañas.

    El mensaje nos llega igual

    Cuando personajes como Mañalich apelan a la ética de un virus para retrasar una medida sanitaria nacional o cuando minimizan el liderazgo y profesionalismo de representantes de la sociedad civil, como la presidenta del Colegio Médico, Izkia Ziches, lo que se hace, a través de una retórica muy cuma y tosca, es insistir majaderamente con la posición del segundo gobierno de Sebastián Piñera, es decir, proteger y potenciar el mundo privado, mantener a Chile como el milagro económico de latinoamérica que se ganó un lugar en la OCDE ante ojos internacionales (inversionistas, porque la ONU da igual) y todo esos etcéteras que cualquier conglomerado político que haya puesto su culo en La Moneda ha repetido, muy en la medida de lo posible.

    Un ejemplo escalofriante se haya en la retórica del titular de cartera de Salud, durante su entrevista para el noticiario de TVN el pasado 20 de marzo. Entre las muchas atrocidades que Mañalich dice, se instalan ideas que en primera instancia generan odio, pero que dejan entrever la soberbia y frialdad de la postura de gobierno. “Se están utilizando todos los recursos de las fuerzas armadas para ayudar a la gente (…) en un país que hace dos semanas atrás no quería nada de tropas en las calles, no quería nada del gobierno, hoy día clama para que tengan militares, uno en cada puerta, armado (por supuesto)”. El discurso y posición del miembro expulsado del Colegio Médico es clara: Por un lado nos recuerda de forma violentamente burlesca quién tiene el poder, amenazándonos como niño malcriado con sus perros y sus armas después de meses de represión y asesinato. Por otro lado, reafirma la lógica de que el país puede funcionar mientras la cadena de producción y consumo no se detenga ergo, cerrar el comercio es una medida extrema. Esto se comprueba dentro del mismo relato, cuando Jaime argumenta que “el daño que se produce (con la cuarentena) es mucho peor que el beneficio que se busca” obvio que sí, porque detener la morbosa industria de productos y servicios es mucho peor que tener unos cuantos pobres enfermos o muertos, total no es novedad. 

    En esa entrevista hay un montón de ejemplos de cómo el gobierno impone y valida sus reglas en la opinión pública, pero en general, la comunicación política hoy en día tiene mucho de eso: Ganar elecciones, preparar el terreno para el siguiente candidato y mantener la máquina andando. Y para esto no necesitan tener la razón ni demostrar que la tienen, para eso se puede mentir y lo hacen sin ningún resquemor ante las cámaras, porque da igual ganar el trofeo de la verdad mientras todo suene verosímil, mientras todo parezca creíble y tenga sentido. Por eso les da igual parecer tontos, mentirosos, contradictorios o desapegados de la realidad, porque el mensaje nos llega igual. Nos guste o no, ellos no nos hablan a nosotros, no le hablan a nadie, solamente mantienen el discurso y el resto… es puro ruido. 

    Fabián Alfaro Farías

    Periodista, rehabilitándose de la música día por medio.

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