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Bob Dylan – The Bootleg Series, Vol. 14: “More Blood, More Tracks” (2018)

¿Cuál disco habría sido mejor? ¿Cuáles versiones habrían pasado más a la eternidad que las que quedaron? Son todas preguntas que no son necesarias responder, a pesar de lo que muchos Dylanólogos pretendan. Comprender a Bob Dylan es comprender a un alma que tiene que estar corriendo todo el tiempo para escapar de sí mismo y encontrar así su salvación en otra versión de sí mismo, siendo las canciones la ruta elegida para ello. Y la única forma de entender el camino es ver el proceso creativo en su totalidad, escuchando cómo las canciones fueron evolucionando dentro de la mente de Dylan, y como el mismo Dylan fue evolucionando también en aquellas sesiones legendarias.

Bob Dylan es alguien que tiene que huir de todo para llegar a un nuevo todo distinto, aunque ello le signifique tanto la máxima gloria como el mayor abucheo de sus fanáticos y colegas. Cada disco de Dylan es un nuevo intento para escapar de lo que ha sido para tratar de ser otro nuevo, abrazando para ellos, estilos que en su momento eran imposibles de juntar y que ahora son hermanos, como la canción protesta con el rock, el country con la música religiosa e incluso el jazz.

Si bien los discos de Dylan nos muestran estas luces de cambios, lo verdaderamente interesante de la carrera del Nobel, es entender el proceso creativo necesario para pasar de un estado a otro, y para ello hace ya casi 20 años nos deleitamos con cierta periodicidad con las Bootleg Series, obras monumentales que ya acumulan 19 volúmenes, y cuya última entrega analiza la obra cumbre de Dylan: El Blood on the Tracks, una caja de seis CD’s titulada simplemente “More Blood, More Tracks”.

Para 1975, Dylan venía acabando una gira y comenzando una crisis matrimonial. Ambas circunstancias mostraron a un Dylan sin una cara que mostrar, envuelto en una máscara de la cual no conocía su propio contorno. Junto con la inspiración de los cuentos de Anton Chekhov, Dylan comenzó a escribir canciones que nuevamente no calzaron con sus propios patrones, que ahora constituyen los 10 temas prácticamente perfectos del Blood on The Tracks: las pinceladas de tiempos no lineales de “Tangled up in Blue”, el existencialismo cotidiano del desamor de “Simple Twist of Fate”, la religiosidad implícita en la vida de “Shelter from the Storm”, por ejemplo. Historias de amor y desamor en su estética más elaborada, utilizando el recurso literario de hacer calzar la letras con un último verso común en todas las estrofas, dándole una riqueza nunca vista hasta ese entonces y que sólo Dylan podría realizar.

Sin embargo, musicalmente el Blood on the Tracks son dos Blood on the Tracks. Las primeras grabaciones (que es lo que nos muestra en su integridad este Bootleg Series), fueron realizadas casi únicamente por Dylan en su guitarra utilizando una misma afinación, en donde todas las canciones tenían, impresionamente, prácticamente las mismas notas y comenzando por el mismo acorde. Esta primera serie de grabaciones (realizadas en Nueva York en 1974) nos muestra una gran opera folk de 40 minutos en el mismo tono, separada en 10 u 11 pequeñas piezas, donde cada una contaba una historia que más bien eran parte de una misma gran historia.

Pero Dylan tenía que volver a huir y correr hacia otra parte. A fines de 1974 desecha la mitad de las grabaciones de Nueva York, viaja a Minneapolis y vuelve a grabar gran parte de los temas, ahora con una banda completa, en versiones cuya energía supera con creces a la introspección de las primeras grabaciones, que son las que todos conocemos como partes de la versión final del Blood on the Tracks.

Esta Bootleg series nos muestra los eslabones perdidos en la subida exponencial que experimentaron las canciones. Pasando de pequeños cambios de letras a transformaciones completas, vemos cómo la eterna huida de Dylan le significó que sus canciones, monumentales por sí mismas, fueran convertidas por él mismo en un simple modelo para armar para volver a verlas nacer en una forma absolutamente desconocida, salvaje e inhóspita. A modo de ejemplo, las primeras versiones de Tangled up in Blue, lentas y melancólicas, se contraponen con la versión oficial rápida y gritona, que nos acuerda más a Dylan cantándole a un estadio repleto que a sí mismo en su dormitorio. A su vez, las versiones con acompañamiento le dan un toque mucho más optimista y lúdico a “Shelter from the Storm” que la versión del disco, aunque todas ellas fueran grabadas en la misma sesión. Finamente, “Idiot Wind” es casi una tierna canción de cuna frente a la versión descorazonada y furiosa del disco.

¿Cuál disco habría sido mejor? ¿Cuáles versiones habrían pasado más a la eternidad que las que quedaron? Son todas preguntas que no son necesarias responder, a pesar de lo que muchos Dylanólogos pretendan. Comprender a Bob Dylan es comprender a un alma que tiene que estar corriendo todo el tiempo para escapar de sí mismo y encontrar así su salvación en otra versión de sí mismo, siendo las canciones la ruta elegida para ello. Y la única forma de entender el camino es ver el proceso creativo en su totalidad, escuchando cómo las canciones fueron evolucionando dentro de la mente de Dylan, y como el mismo Dylan fue evolucionando también en aquellas sesiones legendarias.

Por Manuel Abarca

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