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Editorial

Dos Libertines perdidos en Amanda

Después de más de una hora 10 (por ahí la memoria falla) y un encore, el público dejó Amanda sudando tranquilidad. Con la periodista nos sentimos saliendo de un “Museo de la Memoria Corta”. Salimos de mala, enojados con algo. ¿Habíamos visto siquiera a la mitad de los Libertines? Ni idea. Que el 10 de octubre, en el Arena y con formación completa, se sepa.

Fue un 21 de junio de 2013. Piñera era presidente. Bielsa no dirigía. La nostalgia de un pasado mejor era un hecho y llovía con frío. Camila aclaraba en una entrevista a La Segunda que su apoyo a Bachelet era estrictamente para extirpar a la derecha de La Moneda. No había ánimo pero era viernes y todavía no se redactaban frases hechas sobre los viernes. Poco importaba Drake. El pique sí era importante: para ver tocar a la mitad de los Libertines (Carl Barât y Gary Powell), había que cruzar la barrera psicológica de Vitacura y entrar al Centro Cultural Amanda, un proyecto que con los años no fue o no quiso ser.

Había, también, que saber llegar: alguna marca apoyaba la tocata y las cortesías volaban al son del canje. Como todo ajeno no supe a qué hora llegar y estuve ahí con generosa antelación. Una periodista me acompañaba. Y en esa barra sin alma que recibía a los visitantes jugábamos a encontrar fans de los Libertines. Tarea difícil. Por ahí uno que otro nostálgico del 2000, pero no mucho más.

Pete Doherty y Barat brillaban a esa altura por su cuenta, en proyectos y carreras solistas que seguían expeliendo el aroma de su alma máter, pero ahora con la vista puesta en nuevos públicos. De eso hablábamos en la barra que no era barra, con los ojos a la caza de algún adolescente tardío o un cosplayer de la Guardia Real. No estaban por ninguna parte. Ya en el subterráneo (o primer piso, o semi piso, ni idea cómo lo llamaban), un piño apretado frente al escenario nos tapaba la boca. Eran la torcida. Algunos sin monedas para una cerveza sobrevalorada y otros derechamente apestados del lugar. Atrás de ellos, levemente elevados por una plataforma, cerca de las sillas y mesas de la barra principal y alejados del micro tumulto, los habituales del Amanda llegaban con wisky en mano preguntando quién tocaba, con la vida calórica de los treintaitantos sobre el cuerpo. De esta tribu urbana habían muchos, a la espera que el evento los sorprendiera o les despertara un recuerdo olvidado.

Entre fans y habituales, ganaban los segundos, como suele ocurrir en los eventos de relaciones públicas: a metros del concierto se sucedía otro No Concierto, con asistentes que rebotaron ahí por canje o por la costumbre de recibir invitaciones. Y se notó cuando la mitad de los Libertines entró a escena y apenas unos gritos destemplados los recibieron. Escarchas de euforia.

Entraron y a buena parte del local le dio lo mismo. Adelante, la fanaticada lo celebró y Barat arrancó rápido como respuesta sintomática. Una de Dirty Pretty Things para abrir: Bang Bang You’re Dead. El concierto -estaba anunciado- sería eso: refritos de Libertines, Dirty Pretty Things y canciones de Barat, con la batería de Powell para terminar el cuadro. Los realmente interesados sabían a lo que iban y no pidieron más. Generosos momentos para Up the Bracket, Horrorshow, Death on the Stairs, France, What Katie Did, The Good Old Days, The Man Who Would Be King, Time for Heroes, Don’t Look Back Into the Sun, What a Waster, y I Get Along de The Libertines. Momento distendido: The Ballad of Grimaldi, cover de Pete Doherty en la voz de Barat, solo con guitarra acústica y jugueteando con los acérrimos que lo animaban desde el borde del escenario. Uno que otro mosh o slam o en este caso ‘semi danza punky’.

Al muchacho que bailó todo el concierto con un vinilo en los brazos, a pesar de lo incómodo que pudo ser eso, ahora lo recuerdo como una postal viva de lo que fue ese concierto: un regocijo de incomodidad total y adrenalina contenida, con dosis onerosas de confusión y búsqueda de identidad en la banda. El muchacho zafó bien, y junto a otros de la torcida hicieron valer cada peso de la entrada.

Hubo momentos de paz para escuchar la voz pastosa de Barat pero lo que más importó fueron las canciones de los Libertines, que sonaron un pelo más garage pero varios pelos más desprolijas en estas nuevas versiones. Bastante diálogo entre Barat y los inmortales de la primera fila, en lo que supongo era un síntoma de una relación estrecha. Disperso todo al final de cuentas. Después de más de una hora 10 (por ahí la memoria falla) y un encore, el público dejó Amanda sudando tranquilidad. Con la periodista nos sentimos saliendo de un “Museo de la Memoria Corta”. Salimos de mala, enojados con algo. ¿Habíamos visto siquiera a la mitad de los Libertines? Ni idea. Que el 10 de octubre, en el Arena y con formación completa, se sepa.

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