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Opinión

La parabólica cambió mi vida

La música chilena, cualquiera sea, siempre habla de nosotros, me dijo una escritora 10 años después de esa noche en Playa Ancha, cuando escuchábamos un blues visceral y santiaguino con alma chicana. Y hoy, cantándole Gehena de Ases Falsos a un sobrino de cinco meses, que baila y ríe cuando escucha la historia de esa pareja que quiere dejar atrás su basural natal, no tengo cómo desmentirla.

La música chilena, cualquiera sea, siempre habla de nosotros, me dijo una escritora 10 años después de esa noche en Playa Ancha, cuando escuchábamos un blues visceral y santiaguino con alma chicana. Y hoy, cantándole Gehena de Ases Falsos a un sobrino de cinco meses, que baila y ríe cuando escucha la historia de esa pareja que quiere dejar atrás su basural natal, no tengo cómo desmentirla.

Me piden escribir de música chilena para este 4 de octubre y pienso en mi primer concierto: La Sonora de Tomy Rey en el Colegio María Auxiliadora de Valparaíso, año 2000 o 2001, en situación de cabezas de cartel de una quermés que reunía fondos para un viaje de estudios que nunca se hizo. El grupo que teloneaba, me parece, era folclórico, quizás de profesores o apoderados, que invitaron a la Tommy Rey apostando a un show para familias completas dispuestas a gastar dinero un viernes en Playa Ancha.

La cita era a las nueve, el plato único (pollo con ensaladas y arroz) a las 10, y la música a las 11. A las 11 en punto subió la Sonora. Y a las 11:01 se escuchó La Parabólica, la primera canción del setlist. Desde mi óptica, la de un niño de 11 años, el arranque frenético supuso un suceso trascendental. Frente a la estridencia de la mesa de sonido y al discreto muro de parlantes, lo único que hice fue escuchar atento y testificar la estampida de borrachos que al acorde inaugural copó la pista de baile. El inicio rápido y sostenido en una sola nota (característico de La Parabólica), lo recuerdo hasta hoy como el instante fundacional de un vínculo imprescindible con la música popular, y con una noción de arte que hasta ese momento me era inabarcable.

La música allí fue una fuerza incontenible, un escape y un camino. Fue, en definitiva, la primera y última reinvención: una salida optativa. Aún en mi inocencia infantil pude captar allí cierta belleza declaratoria, cuando la banda arrancó el concierto sin prueba de sonido mediante y afinando y ecualizando sobre la marcha de La Parabólica. Previo a cualquier revival de cumbia chilena o chilenera o chilombiana, la Sonora hacía patria uniformada de chaquetas blancas y con la batería de éxitos de siempre: Daniela, Un año más, la parábola de Tite y su entierro. Fue un gran concierto. La quermés pidió tres bis y desde mi mesa, rodeado de botellas vacías de Fanta, aplaudí y grité como si al frente estuvieran los Rolling Stones.

La música chilena, cualquiera sea, siempre habla de nosotros, me dijo una escritora 10 años después de esa noche en Playa Ancha, cuando escuchábamos un blues visceral y santiaguino con alma chicana. Y hoy, cantándole Gehena de Ases Falsos a un sobrino de cinco meses, que baila y ríe cuando escucha la historia de esa pareja que quiere dejar atrás su basural natal, no tengo cómo desmentirla.

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Camuflado y solitario en la Cancha. Me uno a los cantos masivos de la Cancha General.

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