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Soda según un Cerati

“Me volaron la cabeza, fue superinspirador”, de esa forma, Benito Cerati, hijo de Gustavo Cerati, explica en breves palabras el espectáculo que involucra a Soda Stereo codificado en la lengua Cirque Du Soleil. “[…]una vez que ves lo que hacen, es mágico. Cuando salí de esa primera reunión me habían cambiado el concepto de lo que es ser un artista”, agrega. Este artículo es original del Diario La Nación.

“Me volaron la cabeza, fue superinspirador.” Sentado a la mesa de un bar de Montreal, detrás de una cerveza rubia y unos snacks, Benito Cerati (23 años, músico, de notable parecido, por aspecto y locuacidad, con su padre, Gustavo), intenta explicar la naturaleza de aquello por lo que llegó hasta aquí. Atardece en Canadá y el verano entrega sus últimos cartuchos. Benito viajó a esta ciudad junto con su hermana Lisa y su tía Laura para interiorizarse del proyecto que tiene en vilo a su familia y al planeta Soda Stereo: el espectáculo que el Cirque du Soleil, una de las compañías de teatro más prestigiosas del mundo, montará en base a las canciones del legendario grupo argentino.

Benito todavía no sale de su asombro. Abrigaba algunas dudas antes de tomar contacto con los responsables de Séptimo día, el show, con entradas agotadas, que se estrenará el 9 de marzo en el Luna Park y que luego girará por América latina. ¿Podrán congeniar dos universos que, si bien pertenecen a la galaxia artística, provienen de hemisferios y culturas diferentes? ¿Cómo harían estos artistas, estos magos del aire de educación anglosajona, cuya información acerca de la banda, hasta no hace mucho, era escasa, para capturar el espíritu de un grupo argentino? “A la primera reunión -dice Benito- llegué con ciertas dudas y salí maravillado. Hay temas que te los podés imaginar dentro del show, porque son mucho más teatrales que otros, como Ciudad de la furia, Zoom, Cuando pase el temblor. Pero a veces pensás en De música ligera, por ejemplo, y decís «¿cómo van a hacer?» Pero una vez que ves lo que hacen, es mágico. Cuando salí de esa primera reunión me habían cambiado el concepto de lo que es ser un artista.”

¿Por qué?

Por cómo piensan las cosas. Por la mirada abierta, lúdica, muy de niño. Como diciendo: “Bueno, acá que haya dragones”. O sea, el tipo de cosas que si vos lo pensás decís “no, es re absurdo pensar en eso”, y lo descartás. Y ellos no. Están abiertos a cualquier cosa. Así es como logran todos esos espectáculos. La conclusión que saco es que el arte es eso: darle rienda suelta a la imaginación. Me sirvió a mí para lo que yo hago. Fue superinspirador. Y me dio la sensación de que va a estar buenísimo. Me impactó muchísimo. Estuve horas y horas hablando. Fue un gusto. Me enriquecí mucho.

Líder, compositor y cantante de Zero Kill, su banda de dream pop, Benito creció rodeado de estímulos: sus juguetes fueron los arpegios. A la figura totémica de su padre se le sumó una madre (Cecilia Amenábar)que también fomentó su educación musical y artística. Su destino parecía sellado y se atisbó rápidamente, ya que desde chico Benito abrazó la música como medio de expresión. Colaboró con su padre en parte de la composición de Ahí vamos, el disco de 2006. Esa precocidad pudo haberlo hecho saltear etapas, pero también, desde temprano, funcionó terapeúticamente. A los 16, cuando cualquier adolescente es puro grito y pasión, él fue pura tristeza. Una mañana de mayo de 2010 una noticia lo atravesó como un rayo: Gustavo había sufrido un accidente cerebrovascular. Su mundo se dio vuelta. Hundido en una profunda crisis, pasó una temporada en la cama. Quedó libre en quinto año del secundario, no fue de viaje de egresados y perdió contacto con su progreso. Lo único que lo mantuvo levemente activo, lo único diferente a llorar y dormir, fue la música, más concretamente su primer disco, un trabajo que, escuchado hoy, es un testimonio implacable de aquellos días confusos. “Si no hubiese tenido la música me habría agarrado una depresión realmente crónica. Los primeros meses fueron tremendos: nadie entendía qué estaba pasando. Y la gente de alrededor tampoco. Había gente que te decía: “Bueno, ya está”. Todos los días. Y no, no era así, todavía no estaba”.

Además, lo que pasa en esas situaciones es que te molesta que te pregunten cómo estás, pero también que no te lo pregunten.

Totalmente. Me pasa hoy en día. Hay gente que me sigue mirando como diciendo: “pobreeeee”. Y sí, es triste, pero la verdad es que ya está. Mi viejo murió hace dos años, y medio año después murió mi abuela. Cuando era chico, mi abuela, la madre de mi madre, fue muy importante. Fueron las dos personas más importantes en mi vida. Fueron dos trompadas tremendas, y juntas. La verdad es que mucho de eso me hizo sentarme a escribir y componer. A purgar.

La música fue un espacio catártico, liberador.

Sí, incluso te digo algo: creo que, en cierto punto, mi viejo esperó hasta que lo pudiera digerir y ahí se fue. Hasta que fuera más grande y ya tuviera mis cosas. Yo soy re terrenal, pero hay algo que me dice que mi viejo hizo eso. Porque pasó en un momento re clave de mi vida, y de mi hermana Lisa también. Con las canciones hago como un exorcismo. La verdad es que a todas esas cosas les veo el lado positivo. Hoy en día estoy mejor que nunca. Me siento más yo que nunca. No es que estoy mal, descarrilado. Me tiraron para arriba en cierto punto. A valerme por mí mismo. Las pérdidas duelen, pero si uno puede encontrarle el otro lado, es enriquecedor.

¿Sentiste haber estado cerca de descarrilar en algún momento? ¿Sentiste que ese enorme caudal de sensibilidad podía volcarse hacia algún lugar de sombras?

La verdad es que caí profundo. Mi último año del colegio terminó siendo una experiencia malísima. Nunca tuve un buen apoyo. Yo estaba en plena revolución hormonal, con mis compañeros no entraba en sintonía. Yo vivía algo distinto del resto. No tenía tiempo. No fui al viaje de egresados, y mis compañeros me condenaron, mis profesores también. Me dejaron libre. Salí de ahí y caí en cama. Estuve un año así: una depresión heavy, un desgano total. Lo único que me mantenía eran las ganas de hacer mi primer disco. Pero no siento que descarrilé, sino que era algo que tenía que pasar. Cuando mi viejo se fue, yo ya estaba más preparado y más fuerte. En algún momento tenés que empezar a hacerte idea de las cosas, porque si no, vas a estar atado a eso. Por supuesto que hasta último momento uno guarda cierta esperanza, pero cuando sucedió lo tenía bien presente que iba a pasar.

Ahora estamos en los cuarteles centrales del Cirque du Soleil, un edificio moderno que más que el búnker de una compañía circense parece el laboratorio principal de la NASA. Aquí todo tiene su razón de ser: desde la huerta que antecede la entrada hasta las decenas de obras de arte que decoran el interior del lugar, cuyo propósito es que los empleados encuentren inspiración a cada instante. El aire que se respira, la atmósfera vital que reina sobre el lugar es una mezcla de entusiasmo y relajación. Es probable que no haya un motivo unívoco que explique el éxito de esta compañía, pero es posible que esa energía sea una de las razones.

Dentro del laboratorio se cocina cada detalle de Séptimo día y del resto de los espectáculos que la compañía presenta en el mundo. Allí se confecciona el vestuario, la música, la coreografía, el concepto lumínico, las distintas formas de maquillaje -decirle maquillaje es bajar de categoría al extraordinario arte facial que desarrollan- y, por supuesto, también se realizan los primeros ensayos. Todo guardado bajo siete llaves: ni siquiera los propios empleados de la compañía pueden saber, hasta bien entrado el proyecto, de qué se trata cada show, qué tipo de ropa se utilizará y hasta quiénes son los acróbatas que participarán en él.

La sala de reuniones donde los creativos del Cirque, comandados por los canadienses Michel Laprise y Chantal Tremblay (la persona detrás de Love, el musical sobre los Beatles que es modelo para el de Soda), ultiman los detalles del show se denomina espacio de emociones. Para cualquier argentino que ingrese al lugar -y más aún para cualquiera cercano a la banda, como sucede con Benito y Lisa- esos sentimientos son los adecuados: decenas de fotos con las caras de Gustavo, Zeta y Charly Alberti, de todas sus épocas y con sus muchos looks, cuelgan de esas paredes que encierran las cavilaciones de un grupo de gente que, desde hace más de un año, intenta traducir al lenguaje escénico el arte musical del inolvidable trío argentino. El espectáculo tendrá 35 artistas en escena, de catorce nacionalidades. Será el primer show en la historia del Cirque du Soleil en el que parte del público estará parado en el campo, incluso mezclado entre los acróbatas y artistas durante algunos momentos. La gira empezará en Buenos Aires el 9 de marzo próximo y el escenario ocupará hasta la mitad del campo del Luna Park.

¿Cómo nace Séptimo día? ¿Cuál es su Big bang, cuál su primavera cero? En 2015, Laprise, Tremblay y Jean- François Bouchard -una suerte de creativo general del Cirque- viajaron a la Argentina para comenzar a capturar el espíritu Soda Stereo. Más que los inspectores de un concepto musical fueron los arqueólogos de una cultura. Conocieron influencias, inspiraciones, lugares seminales, background, primeras lecturas, colecciones de discos, bibliotecas. Hurgando en ese humus cultural fueron pergeñando los primeros bocetos de la obra.

Recorrer el lugar es adentrarse en un universo que tiene tanto de onírico como de excepcional. No ocurre muchas veces que uno asista a un proyecto que tenga el mismo nivel de ambición que de excelencia, un concepto que se aplica tanto en las grandes ideas como en los detalles más nimios. Esa capacidad supera nuestro umbral de asombro. El arte del Cirque -y tal vez su secreto- estalla en todos los resortes de la obra: desde los sastres que preparan los trajes en los talleres como si fueran viejos artesanos del Renacimiento, pasando por los acróbatas rusos -muchos de ellos ex integrantes del equipo olímpico- que practican piruetas inverosímiles en los ambientes acondicionados para ese metier, o en los diseñadores digitales que pueden pasarse toda una tarde maquetando, en un monitor de 40 pulgadas, la forma de equipar por dentro los 20 containers que trasladarán desde Montreal toda la infraestructura hacia el sur del continente.

Finalizada la recorrida por el cuartel, los responsables agasajan a los visitantes argentinos con un asado ad hoc. El ágape tiene lugar al mediodía en los jardines traseros de la compañía. Hasta allí llegan Benito, Lisa y Laura Cerati, junto con Daniel Kon y Diego Sáenz, factótums -al igual que Roberto Costa- del proyecto: fueron los audaces que persuadieron a los responsables de esta corporación del placer que asociarse con Soda era una gran idea.

El día es perfecto: una leve brisa suaviza el verano saliente. Y el momento parece guionado: no bien el grupo de argentinos ingresa al jardín, los irresistibles acordes de Zoom comienzan a emanar de los parlantes. El momento es conmovedor. Benito y Lisa mueven sus cabezas. Recordamos, al pasar, la filmación del video de Zoom, en un día con un sol similar, en el Planetario. Un video que tiene más de 20 años y que si lo miramos dentro de otros 20 seguirá pareciendo moderno. “Me llamó Gustavo el día anterior para que fuera con amigos. Pero no pude llegar. Dicen que fue muy divertido”, recuerda Laura. Entre volutas de humo con aroma a carne argentina, compartimos el almuerzo. “Qué buen disco Zoom, es el que más me gusta”, dice Benito, mientras tararea el ritmo del hit concebido por su padre.

Benito acaba de sacar su segundo disco, el primero tras firmar contrato con una discográfica. Cosas fuertes para un músico de apenas 23 años. “Más que nada lo tomo como un organizador, lo del contrato. Siento que de alguna manera dejé la etapa experimental, que tuvo que ver con el primer disco. Aplaudo esa audacia, pero ahora como que estoy en una etapa de hacer canciones. Estoy muy orgulloso y siento que este es un buen disco.”

Un disco para salir a defender.

Claro. A la vez, yo no tengo ninguna meta. Puedo seguir tocando en bares toda la vida. Al tener la música tan adentro, estaría buenísimo vivir de la música. Pero no es que firmé con Sony para asegurarme algo. No pierdo ningún tipo de libertad. Todo lo que está en el disco salió de mi cabeza.

¿Eres un tipo solitario?

Fui un chico muy solitario. Un poco como defensa ante el mundo. La música era una forma de divertirme. Este disco me encuentra más abierto. Igual, fue un disco que hice en un mes encerrado, en octubre del año pasado. Me levantaba a las 8 de la mañana y me acostaba a las 6 del día siguiente, y al día siguiente lo mismo. No me importaba nada. Seguía y seguía. Estaba atravesando un momento que no podía desperdiciar. Las canciones salieron una tras otra. Cuando llegué a nueve, sentí que era el número indicado. Las escucho todas hoy y me siguen gustando. Son todas únicas y cada una tiene su mundo. Si bien toco varios instrumentos, soy más compositor que músico. También este disco fue mucho más orgánico. En el primer disco hubo mucha canciones que hice con la laptop, en este muchas las hice con el piano. O con acordes que me imaginaba en la cabeza y luego los bajaba con cualquier instrumento que tenía a mano. Y luego las bajaba en maquetas.

¿Cómo te llevas con la obra de tu viejo?

Muy bien. Mucha gente dice que es algo inevitable, pero la verdad es que no es que me gusta su obra porque es mi padre, sino porque es tremenda. No tiene nada de donde agarrarme para decir “esto no me gusta”. Obvio que como hijo entro en una lucha natural. Le conozco las cosas buenas y malas, pero realmente se merece lo que tiene, porque el arte es increíble. Incluso me parece loco que algo tan bueno haya sido tan masivo. Yo medio que estoy enojado con el mainstream porque últimamente no pasa nada, pero Soda y la carrera solista de mi viejo me parecen fantásticas. Es loco que algo tan bueno haya llegado tan lejos.

Sép7imo Día aterrizará en nuestro país durante el mes de julio, los días 19,20,21,22,23,26 y 27. Entradas a la venta por sistema Puntoticket.

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