Editorial

Sting y Shaggy: diálogo jamming

Obviando sus últimas intervenciones en que más parecía un “ping pong” de clásicos de cada uno, el espectáculo en la suma y resta final fue sumamente positivo. El nivel de complejidad requerido para juntar a dos grandes mentes musicales en un todo ordenado, es alto; aún más en la entropía de exploración que se le puede atribuir a Sting, pero el diálogo generado fue único y así lo sintieron los cerca de 10 mil asistentes.

Foto: Carlos Müller

La noche está inquieta. El reloj marca las 21:20 y Sting y Shaggy aún no aparecen en escena. Una suerte de “sorpresa” para los fanáticos que acostumbran a ver en el ex The Police un bastión de todas las costumbres inglesas, y claro, con la puntualidad como una de las principales. Pero no hay pifias, sólo aplausos: la edad promedio del aforo sobrepasa con facilidad las cuatro décadas. Un minuto después las luces se apagan y la gente se levanta de sus asientos en perfecta sincronía. Todos buscan al hombre de las cuatro cuerdas pero el que destaca por sobre él es su ahora colega oriundo de Jamaica.

Una unión misteriosa para algunos, pero predecible para los conocedores de la carrera de Sting. Está de más señalar que The Police se inspiró en un considerable porcentaje por el reggae, no sólo en sonido, sino que en su filosofía. “Mis raíces están en el folk, pero siempre me han gustado el calypso, el ska o el Bluebeat. En los 70, me atrajo el reggae por su componente revolucionario. Dio la vuelta a las percusiones, convirtió el bajo en el instrumento principal… Como yo era bajista, me iba bien”, afirmó el artista de 67 años en plena promoción de “44/876”, el disco colaborativo con Shaggy que se originó luego de la buena química generada tras el estreno del sencillo “Don’t Make Me Wait” -en ese entonces una pieza solitaria sin mayores aspiraciones discográficas-.

Y estas buenas migas se logran apreciar desde los primeros destellos de su espectáculo.En gran parte no se trata de una batalla de estilos o de “lo tuyo y lo mío”, por el contrario hay un diálogo musical que pocas veces se logra apreciar en una colaboración, un concepto tan manoseado por la industria y que ha derivado en verdaderos desastres musicales. En muchas de las canciones Shaggy parece ser el frontman y Sting simplemente el hombre de las cuatro cuerdas.

El caballo de batalla que abre la velada es “Englishman in New York”, una de las canciones más aplaudidas en la trayectoria solista del compositor. Un pequeño cariño a la audiencia antes de dar rienda suelta a lo que verdaderamente vienen a presentar: “44/876”. Señalar que prácticamente todos los “clásicos” de The Police o Sting tenían la participación de Shaggy y su banda de apoyo, derivando en una sinergia que refrescaba estos verdaderos himnos. The Police por Jamaica, espectacular.

Lógicamente, lo que mejor sonó fue la oferta del proyecto en conjunto de ambos. En ellas se logró apreciar esta unión que a estas alturas ya podríamos calificar de necesaria. Si bien el bajo de Sting era el alma de la banda, no era el principal protagonista, desmintiendo los comentarios que podrían pensar que se trataba de una simple “travesura” del británico. Las coristas funcionaron con la misma energía estremecedora que les exige el reggae, pero a la vez con la elegancia del rock/jazz; comentarios similares para el resto de la banda en vivo.

En lo estrictamente musical, las emociones del registro se logran traspasar al escenario. Hay una jovialidad veraniega en todo momento, una liberación de “espíritu, cuerpo y alma”, un mensaje de fraternidad universal y de amor entre humanos. Culture jamming en su máximo esplendor. Por largos pasajes el reducto del Parque O’Higgins se redujo, y más bien parecía una ceremonia colorida dirigida por una fraternidad de músicos.

Necesario es reconocer la iniciativa de Sting con este proyecto. Salir de la zona de comfort para un músico ya reviste un nivel de complejidad, ejecutarlo bien es aún más obtuso, y plasmarlo en vivo sólo algunos logran hacerlo. Casi siete décadas de vida son las que corren por las venas del bajista, y todavía explota su creatividad a niveles máximos, algo que incluso veinteañeros renuncian realizar. Una leyenda.

Mientras parte del sector de platea prefiere hipnotizarse por sus redes sociales de preferencia, y una delgada pelirroja agita sus manos hacía el cielo en la zona de seguridad, “Message in a Bottle” irrumpe en el set. Entre cada canción hay poco espacio para el respiro, un indudable sello de la voz tras “Synchronicity”. Una maquinaria que funciona a la perfección, que en todo momento dialoga perfectamente con sus sonidos y que tiene un sello de calidad indubitado.

Entre covers y canciones originales, llama la atención “Crooked Tree” en el que Sting toma el papel de prisionero y Shaggy el de un juez en una improvisada corte. Una prueba más de que ambos hablan el mismo lenguaje. Madurez musical por lo demás que se aprecia en ejecución y actitud: lo de ayer fue un concepto de reggae hecho concierto.

Es por ello que la introducción de popurrís resultó sumamente innecesaria. Quiebres abruptos en “Walking on the Moon” / “Get Up, Stand Up”; “So Lonely / Strength of a Woman”; “Hey Sexy Lady”, “Roxanne” / “Boombastic”, perdieron el foco de la constante construcción durante el show de un lenguaje de reggae universal, con carencia de extensos diálogos con el público, concentrándose en lo musical.

“Desert Rose”, “It Wasn’t Me” y “Every Breath You Take” fueron los puntos altos de los tres encore, antes de su despedida definitiva. Obviando sus últimas intervenciones en que más parecía un “ping pong” de clásicos de cada uno, el espectáculo en la suma y resta final fue sumamente positivo. El nivel de complejidad requerido para juntar a dos grandes mentes musicales en un todo ordenado, es alto; aún más en la entropía de exploración que se le puede atribuir a Sting, pero el diálogo generado fue único y así lo sintieron los cerca de 10 mil asistentes. No hay grandes intereses económicos de por medio, ni un plan meticulosamente calculado para re-posicionar la carrera de alguien, ni mucho menos aspiraciones de formar parte de grandes festivales alrededor del orbe, lo visto en una muestra clara de músicos que en plena madurez de sus carreras -Sting ya en el punto máximo de la misma- , entregan un concepto simple pero potente: el jamming.

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