Connect with us

Séptima Cancha

Perro Bomba: estado de extrema supervivencia

Steevens Benjamin lo pierde todo en cosa de días, en medio de la despiadada jungla capitalina que no se detiene por nadie. Esta obra artística es un cara a cara con el Chile racista que reposa bajo la superficie, y un doloroso recordatorio de la montaña cuesta arriba que significa el “salir adelante” tanto para inmigrantes latinoamericanos como sectores marginados.

PRECAUCIÓN: Este artículo contiene spoilers.

Durante los últimos meses de 2019, luego de varios años en preparación y presentaciones en festivales, una película curiosa de provocadora motivación se presentó ante las audiencias chilenas. Determinada a remecer hasta el último de los sentidos, Perro Bomba tomó al público por sorpresa con su enfoque esencial en la creciente comunidad haitiana que radica en el país. Sin embargo, pasaron unos días, Chile despertó y el colectivo social se volcó (debidamente) a las manifestaciones que le dijeron NO al neoliberalismo aplastante.

Pero eso no significa que la apuesta cinematográfica de Juan Cáceres perdiera terreno – solo se tornó aún más relevante. Perro Bomba es un relato crudo y brutal, con una narrativa exasperante, pero sin pretensiones de conmover o traumatizar a su audiencia de manera artificial. Las peripecias de su personaje central sirven un sumario de la cara más fea de la experiencia haitiana en Chile, escenarios que además evidencian las carencias basales de una sociedad entera en estado de supervivencia.

Este relato cobra su magia gracias a la fuerza y determinación tanto de su director como del talento prometedor que la protagoniza. Steevens Benjamin, actor haitiano de 21 años al momento de la filmación, encarna una versión ficticia de sí mismo que pierde toda la estabilidad que había cosechado, luego de un incidente donde actuó en defensa propia. Esta película ha encendido debates sobre cómo la sociedad y los organismos gubernamentales le fallan a diario a cientos de individuos que cruzan la frontera buscando una mejor calidad de vida.

Sin embargo, de igual manera, Perro Bomba ha servido para ilustrar otro deplorable aspecto de esta problemática: el racismo casual y los puntos de vista xenófobos que rigen en varios sectores de la población chilena. Las falacias de turno: la economía del país, la delincuencia en las calles, sobrepoblación, pérdida de puestos de trabajo, etc. Argumentos contra ésta y otras comunidades que les contemplan como un problema, despojándoles en absoluto de su humanidad y las necesidades que estas comprenden.

En el corazón de este rodaje existe una energía muy del momento, una espontaneidad y falta de refinación fundamentales en desarrollar la historia y su estética visual. Durante los ochenta minutos de rodaje, la cámara adopta una perspectiva temblorosa de testigo humano, como si estuviésemos presenciando los hechos en primera persona. De igual manera, las actuaciones se basan por lo principal en improvisación e instinto, especialmente la del protagonista, cooperando en construir la estremecedora trama junto a Cáceres.

El rumbo en la vida de Steevens, ya establecido en Chile y con una vida estable, cambia radicalmente a la llegada de su amigo de infancia, Junior, quien se incorpora su mismo puesto de trabajo y recibe tratos despreciativos de los colegas. Una tarde, mientras sus pares intentan grabar una humillación a Junior, Steevens les llama la atención, pero esto provoca el enfado del jefe (Alfredo Castro), el cual duda de los haitianos en base a su prejuicio racista. Luego de insultarlos muy gráficamente, Steevens le asesta un merecido golpe, pero sus acciones le cuestan su empleo.

En Perro Bomba, el estado capitalista no solo le niega las herramientas a la comunidad haitiana que tanto pone sus esperanzas y anhelos de superación en Chile. La opresión sistemática envía a las comunidades directo a un espiral de crisis, acentuando la necesidad de un status quo que les permita continuar en la interminable carrera por “salir adelante en la vida”. Cualquier interrupción e impertinencia a ese objetivo necesita ser eliminada del camino. Es por ello que, luego que el incidente del muchacho en la constructora se vuelve noticia, su propia vecindad, descontenta con el actuar de un hermano que “mancha su imagen”, decide darle la espalda.

Steevens se ve forzado a emigrar de su zona de comodidad, sólo para conocer nuevas formas de rechazo y abuso. Estigmatizado como el “haitiano violento” gracias a la prensa, el joven es expulsado de un cité y criminalizado por el sistema legal, quedando sin más opción que tomar empleos informales y valerse de los cupos de albergues repletos. La única persona que le apoya en este recorrido, Esperanza, su asistente social (Blanca Lewin) lo hospeda en su casa una noche, aprovechando su vulnerable estado mental en un encuentro sexual marcado por el fetichismo.

A la hora de ganarse el pan, Steevens zigzaguea entre dos caras de una misma moneda. Estas precarias condiciones de vida no están exentas de los depredadores que el modelo económico ha creado. Junto a un grupo de compatriotas, acaba vendiendo Súper 8’s en la calle siendo explotado por el Claudio un jefe informal (Gastón Salgado) que se queda con el 80% de ganancias. Pese a compartir la marginación social, la mentalidad de patrón de este nefasto sujeto repele al joven. Más positiva es su experiencia junto a tres limpiadores de parabrisas que lo integran en sus locuras, haciéndolo sentir parte de la camada.

En esta historia no terminamos de conocer en profundidad a Steevens, ni tampoco cuáles son sus motivaciones. Los relatos de su pasado son escasos durante la primera mitad del largometraje. El diálogo minimalista dificulta más averiguarlo, pero esto no representa ningún obstáculo para la audiencia. Aquí, el personaje principal ilustra su desdicha en las vejaciones diarias, la hostilidad santiaguina y las consecuencias del capitalismo tardío con una interpretación tan vulnerable y brutal que realmente establece las dimensiones de la violencia sistemática que tanto él y su comunidad, como las distintas comunidades de inmigrantes experimentan en distintos grados estando en Chile.

Así mismo, este filme expone el doble estándar con que la sociedad retrata a los extranjeros. Aquellos puestos laborales que muchos reclaman tanto a haitianos como otros latinoamericanos resultan con frecuencia indeseados, mirados en menos, puestos que jamás en sus vidas valorarían para tomar. De igual manera, frente a la discusión sobre la delincuencia, son estos los primeros en recibir las piedras.

La agresión de nuestro protagonista a su empleador deja su historial permanentemente manchado, pero es la nota televisiva del incidente la que termina por sepultarlo. Su respuesta de autodefensa es la expresión de la fatiga y fastidio que la discriminación le producen, pero este contexto no existe para el resto de les trabajadores. Mucho deja para hablar la escena con Ricardo (Erto Pantoja), el fiscal que perpetua su condición como un personaje delictivo ante los poderes legales. Para el país, Steevens ahora es un paria social al que se le niega cualquier oportunidad de rehabilitación y superación.

Steevens se transforma además en un símbolo de la demonización mediática que puede manifestarse contra la comunidad. Su caso, aunque una expresión más extrema, no cae muy lejos de situaciones como la criminalización sutil e implícita que sufrieron cités haitianos en Estación Central y Quilicura en abril pasado, luego de ser señalados por la prensa como un foco de contagio en la pandemia del coronavirus. En lugar de empatía, ayuda y soportes, la respuesta pública fue de ostracismo y acoso, dejando en claro que la xenofobia puede prevalecer incluso en los escenarios sociales más complejos de la humanidad.

Perro Bomba es un documento angustiante que nos reprende, recordándonos que la promesa de la integración social se cae a pedazos frente a la hipocresía de nuestro racismo casual, aquel que no cuestiona el lenguaje que empleamos, las actitudes que tenemos, ni la pasividad que aparece ante escenarios de agresiones, humillaciones e injusticias diarias. Estas situaciones evidencian la urgencia con que se necesita una legislación fundamentada en la inclusión, y la necesidad de hacer de los derechos humanos de los inmigrantes una discusión de cada día. El Chile de hoy es multicultural; si es algo, necesitamos a las hermandades latinoamericanas dentro, y a los patrones de fundo, arribistas, y nazis fuera.

Periodista. Colaborando desde la Cancha.

Most Popular

Todo lo que debes saber de In-Edit Chile 2020

Noticias

¿Cuáles son tus mejores discos del 2020?

Listas

Estoy Bien publica su primer EP: “Lo Que Intentamos Hacer”

Noticias

Mike Kerr de Royal Blood: Cólera y sangre por la nueva música

Entrevistas

Advertisement
Connect

Respi ramos Música

La música que amas

Pronto comenzaremos ha enviarte lo mejor de la música que amas, esa que compartimos como una expresión de arte y que nos hace vibrar el corazón.