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Cabros de mierda: la auténtica persistencia de la memoria

En la población La Victoria en 1983, Gladys, la “Francesita”, vive con una rebeldía astuta y honesta, no solo ante la dictadura de Pinochet sino que también redefiniendo su experiencia de mujer. El filme de Gonzalo Justiniano levanta a través de su figura a cientos de renegades contra el terrorismo de estado de la época, mientras nos recuerda que la brutalidad siempre fue más intensa en las poblaciones más vulnerables.

PRECAUCIÓN: Este artículo contiene spoilers.

“Pienso que este mundo es una mierda. Que este país es una mierda. Pero si uno puede ayudar en algo, a lo mejor podría ser un poquito mejor… Y hasta ahí no más llego yo”. – Gladys, la “Francesita”.

En el amplio y vasto mundillo del cine chileno, existen múltiples películas cuyas temáticas giran en torno al período de dictadura militar ocurrido entre 1973 y 1990, montones de relatos que retratan diversas aristas sobre cómo se vivió esta oscura época. Y es que con aspectos como la brutalidad del gobierno impuesto, la violencia policial, represión cultural, precarización económica, el plebiscito, hay temas de discusión para siempre.

Producir estos filmes es realizar un ejercicio de memoria, uno que invita al ejercicio de la constante reflexión, y simultáneamente impide que cientos de historias vayan a morir al fondo del inconsciente colectivo a medida que avanza el tiempo. También es cierto que en un mar de apuestas cinematográficas, abordar la dictadura no garantiza que la narrativa dé resultados positivos, ni tampoco que logre ser del todo escuchada. Pero no por ello deja de ser relevante que se sigan creando estas obras.

Cabros de mierda (2017), el largometraje más reciente del veterano Gonzalo Justiniano, se vale de una premisa sencilla, pero muy verdadera: el progreso de la sociedad chilena no es posible mientras exista rechazo a esta herida del país, aquella que simboliza el dolor de muchas familias quebradas y las formas en que el sistema nos caga en una base diaria. También es un recordatorio muy necesario sobre cómo las poblaciones más vulnerables fueron las más golpeadas, y aun así continuaron resistiendo hasta el presente día.

Corre el año 1983, y en la población La Victoria, Gladys (Nathalia Aragonese), conocida por los demás residente como la “Francesita”, lleva una vida pesada, cargada con desilusiones en la espalda, pero portando una rebeldía llena de esperanza con la cual navega el día a día. Gladys vive en una casa alborotada, junto a personajes entrañables como su abuela del mismo nombre (Corina Posada) y el Vladi (Elías Collado), y otros algo enigmáticos y distantes que no llegamos a conocer del todo, como el Cometa (Nicolás Rojas) y la Chica (Sara Becker). Juntos se preparan para brindar hospedaje a cuatro misioneros estadounidenses, pero tres de ellos desertan, dejando al buen Samuel Thompson (Daniel Contesse) en las manos de la familia.

La conexión entre Samuel y este clan presenta una dinámica sorprendentemente orgánica, ilustrando con fidelidad la distancia inicial y el aura alienígena que viene de mano con su lugar de origen. Pero ésta no es la situación de un arquetípico personaje distante que debe ganarse la confianza de extraños. La sensibilidad de Cabros de mierda es autóctona y espontánea en su chilenidad. El joven se despoja de su fachada de un modo rápido e instintivo, integrándose en una comunidad que no tiene mucho para entenderlo, pero tampoco tienen mucho más a su favor.

El espíritu desnudo y frontal de la Francesita es su arma más efectiva durante la narración. Adictiva gracias a su carisma, vulnerabilidad y honesto retrato, la interpretación de Nathalia Aragonese es digna de alto reconocimiento, una actuación que hace el arduo trabajo de elevar la figura de la mujer en resistencia durante la dictadura, luego de décadas de historias contadas a través de personajes masculinos. En este filme vemos a Gladys ser resistente, imaginativa, traviesa, compleja, pero sobre todo fiel a sí misma, y esa fidelidad es increíblemente enriquecedora.

En casi iguales cantidades, el Vladi también forma parte del corazón de la película. Curioso hasta la médula, juguetón y alegre, sin embargo, este pequeño protagonista nos remece con sus dolorosas confesiones, como el momento en que le admite al tío Samuel su pequeña crisis de fe, la sensación de que Dios le está jugando una mala pasada a él, a su familia, sus vecinos. Vladi es una viva y cruda representación de la niñez de la época, más precisamente la de aquellos demasiado jóvenes para dimensionar las devastadoras verdades que tuvieron que conocer a la fuerza.

El trabajo de Justiniano no solo reivindica la voz y rol de mujeres y menores que luchan con la sombra de Pinochet. Además tiene espacio para registrar las formas en que el capitalismo permeaba en sociedad gracias a los efectos de su imposición. Este aspecto se ilustra con efecto casi comédico en la escena del bar Hollywood: el encantamiento de los arribistas con el halo de luz que irradia la opulencia imperial norteamericana, expresado en un bar de nombre anglo, con un animador de fiesta que conversa sobre defender “el orden de la autoridad”. Es mediante escenarios como estos, Samuel va evidenciando cómo su misión de paz va descubriendo realidades que destruyen sus propias nociones sobre la vida chilena.

Bien se podrían establecer algunos paralelos entre Cabros de mierda y la película que ha ascendido como una especie de arquetipo narrativo sobre la dictadura, Machuca (2004), pese a que la última transcurre en un tramo de tiempo previo al golpe de estado de 1973. Ambas apuestas comparten el aspecto de tener a un personaje principal disociado de la realidad que retratan, pero es precisamente por la diferencia temporal, que Cabros se permite a sí misma ir más allá, no solo en la violenta opresión, sino que además con la gráfica crueldad de las violaciones a los derechos humanos en la época.

Documentos visuales dedicados a examinar la oscuridad de este período histórico de Chile hay por montones. Pero pocas logran la hazaña que, tanto el fantástico elenco como la exquisita dirección de Justiniano, realizan en este trabajo. Cabros de mierda te hace reír, te conmueve, indigna, te estremece. Avanza tan lejos como para erradicar cualquier atisbo de esperanza, solo para devolver la mano en sorprendentes maneras. Pero sobre todo, nos enfatiza la importancia del ejercicio de la memoria, y el por qué las historias de la dictadura jamás deben desvanecerse.

Ante el recurrente (y cobarde) argumento de algunes, sobre Chile siendo una nación estancada, sus habitantes incapaces de “superar” estas heridas y enfocarse en trabajar por el futuro mejor, Cabros de mierda es un severo recordatorio de por qué, como sociedad, debemos acabar con el negacionismo y la impunidad de los responsables de estas atrocidades. Es recién ahí, cuando se puede comenzar a hablar de avanzar, de progresar, de sanar.

Periodista. Colaborando desde la Cancha.

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