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Opinión

“Nos cansamos de tener miedo”: La Jauría machista en clave audiovisual

ESTE ARTÍCULO CONTIENE SPOILERS

La esperada serie chilena La Jauría”, estrenada por la plataforma audiovisual de Amazon, vio su estreno este 10 de Julio, destellando una historia relativamente cercana a la realidad que deben afrontar much@s. Las opresiones, violaciones y abusos que viven las mujeres, independiente de su edad o posición son develadas a través de la narrativa de “La Jauría”, así comprendiendo desde la  representación LGBTQIA+ en y detrás de la pantalla, la sororidad y la apertura de un relato que no solemos ver en Chile. 

Con una dirección colaborativa, esta serie que también cuenta con la producción de Pablo Larraín, habla sobre la desaparición de Blanca Ibarra (Antonia Giensen), una joven que asiste a un colegio particular acomodado,  en el cual participa sin su consentimiento en el llamado “El Juego del Lobo”. Este juego tendría por objetivo la humillación, abuso y violación de mujeres, sólo por el hecho de ser mujeres. Celeste (Paula Luchsinger), la hermana menor de nuestra desaparecida se dispone a investigar este extraño caso y poder dar con el paradero de Blanca. Por su lado, la PDI se encarga del caso a con Olivia (Antonia Zegers) junto con Carla (María Gracia Omegna) y Elisa (Daniela Vega) mientras investigan a miembros del sospechoso equipo de rugby, a su entrenador y director del colegio, el padre Belmar.

Entre acusaciones de abuso sexual y violación a un profesor, la toma feminista del colegio Santa Inés da un giro cuando su líder Blanca desaparece. En el curso de esta serie, podemos ver cómo se desenvuelve una investigación que cuenta con muy poco apoyo masculino, cómo las estudiantes se enfrentan al abuso, y principalmente cómo es que este juego que representa la opresión patriarcal sistemática, intenta dañar las vidas de much@s.

Comenzamos esta serie con la grabación de una violencia sexual perpetrada por un profesor, quien por medio del poder que ostenta a razón de su cargo, coacciona a las diversas estudiantes a complacer sus más profundos fetiches y deseos sexuales a través de la justificación de que es sólo parte del proceso educativo. ¿Complejo, verdad?

Sin embargo, esto sólo sería la punta de iceberg de una seguidilla de actos de violencia misógina y patriarcal que culmina con el juego interactivo de “La Jauría”. Desde la perspectiva del análisis de género cimentado como acercamiento a la paridad de género en las producciones audiovisuales a través del test de Bechdel, esta serie cumpliría en su mayoría las tres directrices. ya que se estructura a través de la visión de la resistencia y lucha cotidiana de mujeres violentadas holísticamente por medio de un sistema heteropatriarcal. Desglosando el casting, las personajes principales son mujeres: Blanca Ibarra, Celeste Ibarra, Olivia Fernández, Elisa Murillo y Carla Farías. Mujeres que desde los diversos escenarios que dan vida a esta producción, lideran los contextos en los que son partícipes. 

A su vez, las conversaciones que tienen las personajes dentro de esta producción siempre están en favor de dar con el paradero de la personaje desaparecida; por un lado están las compañeras que lideran el movimiento feminista escolar, quienes desde este espacio buscan las mejores formas de hacer visible este magno crimen. Por otro lado, están las detectives, quienes también buscan dar con el paradero de Blanca y velar por la seguridad de todas las chicas que potencialmente puedan ser blancos de este macabro juego. 

No obstante, cabe destacar que si bien, la jauría como grupo heteronormado y patriarcal es mencionado en un sinfín de oportunidades, la forma en que se habla de este tema siempre está enmarcado en la esencia de un colectivo, no como la personificación de un hombre en particular. Así, la jauría dentro de esta producción, apela a una muestra exacta de la operativa interna de estos grupos enteramente masculinizados que justifican estas prácticas como parte de una normalidad misógina, un juego de poder de asimetrías génericamente excluyentes.

A su vez, complementando las apreciaciones que emergen desde las propuestas estructurales del test es que dentro de la serie, la irrupción de la comunidad LGBTQIA+ llega como una realidad, y no únicamente como una caricaturización de esta. Puesto que dos de las personajes que lideran el movimiento feminista dentro del colegio de alta clase son disidentes. La particularidad de este factor emerge en que la orientación sexual no es tratada como tema central dentro de la historia, lo que en términos concretos viene a desestigmatizar a esta comunidad dejando atrás el tabú de las relaciones lésbicas, es decir, se plantea esta relación como otro vínculo sexo-afectivo más entre tantos otros. Es por esta razón que el factor de la presencia disidente dentro de la serie tiende a ser representado como parte de una realidad cotidiana, y no a un patrón social de inflexión en lo que alude al aspecto interaccional. 

Por otra parte, un aspecto realmente relevante dentro de ésta producción es la presencia de la Comisario Elisa Murillo, que es personificada por Daniela Vega. Este detalle es profundamente sustancial en cuanto al desarrollo profesional de nuestra actriz, puesto que dentro de la serie Daniela interpreta a un personaje femenino, lo que es un cambio rotundo en lo que referido a su trabajo anterior con “Una mujer fantástica”, en la que dentro del film personificaba la realidad de una persona trans en el cuerpo de una persona trans.

Sin embargo, al desarrollar un personaje puramente femenino como la Comisario Murillo, apuesta a la aceptación sin vacilaciones de su corporalidad femenina, transformándose así en un desafío social, de alejarse del mítico personaje trans-femenino “Marina”, y también una apuesta política de naturalizar e interiorizar la variable social de identidad sexual de que las mujeres transexuales, también son mujeres, dentro de la performance artística que significa “La Jauría”. Daniela Vega entregando una performance de una personaje femenina nos da a conocer no sólo otra faceta de la artista, sino la posibilidad de que se acuda con más frecuencia a actrices trans para representar a mujeres cis. 

Síndrome del Macho Alfa

La problemática que da forma al entramado de la serie está en este juego interactivo de carácter misógino y patriarcal, dando cuenta de una operativa interna de mantención de un status quo de eterna jerarquía, como una especie de extensión de la sociedad machista en clave virtual. La operativa de este juego comienza con la resolución una serie de pruebas de acceso al juego, las que son propuestas por un “Lobo Mayor”, que llevan a los participantes a contactarse con un grupo de hombres (que también participan dentro del juego). Así, resuelven nuevas pruebas en conjunto las que concluyen con la consolidación de algún tipo de violencia patriarcal en contra de una mujer; ya sea humillación, violación, filtración de imágenes personales, abuso físico, entre otros.

Ese entramado que organiza la estructura del juego, apela a aquello que desde la psicología y los estudios género definen como “Síndrome del Macho Alfa”. Una especie de liderazgo posesivo, territorial, competitivo y tóxico únicamente al mando de un hombre; quien es capaz de invadir la vida de otras y otros, pero siempre resguardando y protegiendo su privacidad. Un liderazgo con esencia inmediatista, impulsivo e impostado; fuertemente motivado por marcar límites de lo propio y lo colectivo. ¿Suena familiar?

Este macho alfa es perfectamente identificable en el “Lobo Mayor”, el que termina siendo el Psicólogo del colegio de alta clase, el mismo que a través de una dudosa buena voluntad y empatía, encubría sus reales intenciones de toma de control de un contexto completo, a través de la observación participante. Este macho alfa deja ver sus reales características psicopáticas en el último capítulo de la primera temporada, puesto que al verse imposibilitado de seguir manteniendo esta anónima y virtual jerarquía, pierde el control y termina por disparar, escapar; algo que es retratado como el último eslabón de la pirámide de la violencia de género creado por Bosch y Ferrer

Sobre esta misma arista, el Síndrome del macho alfa genera una orgánica de interacción social en la que los entramados que construyen la estructura jerárquica se cimenta en lo que conocemos como Pacto Patriarcal. Es un pacto de encubrimiento entre hombres respecto de algún tipo de violencia machista realizada en conjunto, como de forma individual. Este pacto articulado con este síndrome de liderazgo tóxico y paternalista son los que dan forma a una orgánica misógina, capaz de buscar la hegemonía genérico-social a través de los actos más crudos de violencia sexual. ¿Nos recuerda a la Manada? ¿Los grupos de whatsapp donde se comparten packs de mujeres? ¿Las “conversaciones de hombres”, las que siempre son silenciadas cuando aparece un cuerpo femenizado?

En consecuencia de lo anterior, el pacto patriarcal que funciona como una especie de contrato social únicamente protagonizado por hombres, se posiciona como una parte invariable de la relación entre hombres heteropatriarcales, puesto que la sola posibilidad de romper con este secretismo propio del pacto patriarcal, motiva a los protagonistas a realizar complejas y violentas acciones en favor de silenciar e invisibilizar la violencia de la cual son perpetradores. Algo que podemos ver en el asesinato de Benjamín Lira (pareja de Blanca Ibarra), quien al momento de tomar la decisión de contar su historia respecto al secuestro de Blanca, es asesinado a sangre fría por los que componen la jauría.

Sororidad

La sororidad es punto a favor en la narrativa de esta serie. Aquí no vemos a las personajes forzadas a tener una relación o colaboración entre ellas, sino que vemos sus conflictos y podemos ver cómo la serie da un espacio para que esta sororidad sea fundada. Este apoyo femenino es transversal pero también apunta a los conflictos entre mujeres y cómo van siendo resueltos: Elisa y Olivia tienen roces de opinión laboral, Carla y Olivia se enfrentan en pos de la protección a sus hij@s, Celeste y Olivia bifurcan sus caminos para encontrar a Blanca. 

Si la sororidad es “solidaridad entre mujeres, especialmente ante situaciones de discriminación sexual y actitudes y comportamientos machistas”, aquí nuestras personajes se apoyan por que cada una de ellas ha sido parte del abuso en diferentes medidas. Sofía fue violada por un profesor, Olivia tenía una ex-pareja abusiva y violenta, Elisa fue testigo de pedofilia, y muchas de las alumnas sufrieron abuso de parte del profesor Ossandon, coerción sexual y grabaciones no consensuadas. ¿No les suena familiar? 

De este modo, es que la sororidad que existe entre las partes se transforman en un sólo organismo, puesto que desde sus experiencias y los diversos contextos de acción, confluyen en una espontánea protección feminista. Lo anterior responde como resistencia frente a la violencia de las que son sistemáticamente protagonistas, resistencia también frente al ocultismo de los involucrados en la desaparición de la joven estudiante, como también a los diferentes obstáculos que “El Lobo Mayor” implanta en las diversas situaciones que están por dilucidar los misterios del paradero de Blanca Ibarra. 

Desde esta artista es que la sororidad emerge también como una especie de red de contención para las mismas involucradas en la desaparición violenta, machista y sanguinaria, puesto que los costos emocionales y psicológicos son únicamente tomados por ellas mismas, desarticulando la presión holística que ejerce la jauría como otra forma de mantener el poder en un contexto en el que el pacto patriarcal y la hegemonía machista está en decadencia.

Si bien las falencias de “La Jauría” como serie son de carácter formal, aquello no es un gran factor en la narración de la serie. Entre aquellas tendencias podemos contar con ciertas decisiones de fotografía incómodas visualmente, guiones repetitivos y poco sustanciales en parte y clichés en los diálogos. Respecto a la representación de la serie, podemos hablar sobre la visibilización de la violencia sexual en contextos educativos únicamente del sector acomodado chileno, recurriendo a un colegio privado y con estudiantes de familias de poder; en este sentido la representación de otros colegios, otras tomas feministas y otros sectores/clases sociales. En ese sentido, actores -hombres-cis-privilegiados-acomodados-  básicamente estaban representando papeles de hombres-cis-privilegiados-acomodados; hubiera sido interesante volcar aquella representación hacia una menos cliché e inclusiva.

Otros aspectos a mencionar son la disociación respecto del trabajo de la PDI respecto del tratamiento de los delitos sexuales. En la serie se da con el paradero de la desaparecida en un corto lapsus de tiempo, en la realidad esta situación es imposible de pensarla, puesto que se demoran años con pruebas insuficientes. Recordemos el caso de Fernanda Maciel, joven embarazada desaparecida de población vulnerable, que su caso no tuvo relevancia alguna en las denuncias por presunta desgracia y desaparición hasta que el incesante trabajo de la familia, los llevó a la televisión, donde la presión pública ejercida por los medios tradicionales y morbosos de comunicación, obligaron a la policía de investigaciones y a carabineros a dar con el paradero de la chica tras un año de su desaparición. 

Por otro lado, otro aspecto a considerar en esta disociación de la realidad, es que en la serie los perpetradores del secuestro y  violencia sexual contra Blanca fueron puestos a manos de la autoridad de inmediato, dejando entrever en el capítulo final, que los involucrados directos estaban cumpliendo una condena por los delitos cometidos contra la joven estudiante y líder feminista. Sin embargo, en nuestra realidad cotidiana el sistema judicial es patriarcal e inconsistente, puesto que con lo recientemente ocurrido con Martín Pradenas Dürr¡VIOLADOR!-, da cuenta que ni con seis denuncias por violencias sexuales, de las cuales una de ellas culmina con un suicidio femicida, no son razones suficientes para condenar a este depredador sexual con una prisión preventiva cómo primera instancia; en dónde el mismo Juez a cargo desestimó los relatos a través de prejuicios inconcluyentes basados en el estereotipo heteropatriarcal de la mujer perfecta, e incluso apelando a la prescripción de dos de ellos obstaculizando los incipientes pasos hacia un mínimo de justicia. Sobre esto y en respuesta a esta violencia institucional, es que el caso debió llegar a la Corte de Apelaciones para revocar el dictamen inicial de la formalización, logrando así poner tras las rejas a este agresor sexual; ¿Queda alguna duda de que el patriarcado es un juez que nos juzga por nacer?

La serie a ratos cae en clichés, es cierto, pero se eleva respecto de otras series chilenas que han visto las pantallas, aunque la segunda temporada que podemos inferir del final se siente completamente innecesaria. Aún así, quedan muchos temas que son relevantes de resaltar y que son ejecutados en “La Jauría”, como el síndrome del macho alfa, la representación femenina, los abusos sistemáticos hacia las mujeres, como hemos expuesto en este texto. 

El increíble desplante performático de Mariana Di Girolamo sólo nos asegura que estamos frente a una de las mejores actrices chilenas, quién desde “Ema” no nos ha dejado de cautivar. A su vez, la potencia y el talento que Paula Luchsinger desarrolló en la construcción de Celeste, evidencian que este primer protagónico es el inicio de una carrera en evidente ascenso

Por otro lado, la ejecución performática de Antonia Zegers como la Comisario Fernández demuestran que la experiencia es infalible, y que este personaje no pasará desapercibido para la crítica nacional, ni tampoco para la internacional. A su vez, otro punto que no hay que ignorar es que “La Jauría” cuenta con la participación de Anita Tijoux, siendo este su primer trabajo artístico en el ámbito de la actuación a través de la hacker feminista “Zeta”, personaje que si bien vemos en la segunda mitad de la serie, se transforma en ese territorio feminista transgresor en medio del contexto hacker machista que origina el juego interactivo. 

Pero, “La Jauría”, ¿es acaso una declaración de principios sociales en favor de las demandas por equidad y paridad de género, o es una caricaturización populista de un movimiento social y político contra la violencia patriarcal? 

A pesar de las falencias mencionadas, esta es una serie que presenta un recambio en las producciones cinematográficas chilenas, dejando de lado ciertos clichés propios de la televisión tradicional, y también presenta una reestructuración en la construcción de los personajes femeninos, puesto que las presenta como personajes con autonomía y protagonismo fuera de la clásica subyugación masculina, siendo este el primer paso para que se amplíen los límites de las producciones chilenas hacia una representación inclusiva, interesante, y por supuesto, feminista

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