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The Magic Numbers: La pinta es lo de menos

Quizás por la edad, por el espacio, por el lugar o por el público, los números mágicos de Inglaterra montaron un concierto que siguió la misma lógica de la noche y sus teloneros: la ausencia total de pretensiones. En su público, la premisa fue la misma: quizás no hubo nada grandilocuente, pero sí cierta pasión secreta e invisible y no por ello menos ardiente.

Fue una jornada larga. Una que duró alrededor de cuatro horas, y que comenzó con una discreta apertura de puertas. Poco público en general. Mucho canje de invitados. Bastante galleta. Y mucho espacio libre para caminar por el subterráneo de la discoteque Blondie, un martes por la noche mientras los números se sucedían.

Los silencios incómodos los quebró Michele Stodart, bajista histriónica de The Magic Numbers, que con su guitarra electroacústica y una músico invitada inauguró la noche con canciones de su propuesta paralela: su carrera solista, más cercana al folk y a los arpegios que al rock/pop optimista. Fue un poco menos de media hora, y a pesar del escaso público que a esa ahora se aglutinó, ella agradeció majaderamente la atención y la paciencia, y hasta al par de entusiastas que se atrevió a tarerear los temas.

Luego, vino el turno de los teloneros oficiales: Ases Falsos, que aprovecharon la ocasión para mostrar en vivo canciones de “El hombre puede”, su inminente nuevo disco, que podrá ser escuchado desde la próxima semana según palabras del propio Cristóbal Briceño. Un show con gusto a poco: el nuevo sonido de Ases Falsos es envolvente y satisface por su rica ejecución y el apoderamiento escénico de Briceño, el compositor del grupo. No se trata de la segunda parte de “Conducción”, el último álbum a la fecha. Esto va más rápido y saluda al pasar a Pavement, al Lo fi, a los 90 y a los ecos del noise. Un teloneo más que elogiable, sobrio y festivo, que regaló una perla: la versión de Ases Falsos de Living On My Own de Freddy Mercury, el bello single que coloréo los noventa.

Un breve lapsus para ir al bar y esperar a Romeo Stodart en escena, con guitarra eléctrica al hombro. Era el turno de RnR, el proyecto de la cantante Ren Harvieu y Romeo, que minutos antes del plato fuerte sirvió como canapé minúsculo de un banquete. Varios cambios más abajo, en un tono netamente íntimo, la dupla hipnotizó a los presentes y a ratos hizo que los hiperventilados quedaran silentes mirando el cuadro. Tarea difícil pensando en los borrachos que le gritaron “rica” hasta la vergûenza ajena, y que demostraron que la venta de entradas fue mala y el criterio de invitaciones nulo.

Cinco minutos después de RnR, irrumpió The Magic Numbers y la fiesta del bajo perfil. De entrada Forever Lost, hit del cuarteto de Romeo Stodart (guitarra, voz), su hermana Michele (bajo, coros), Angela Gannon (melódica, teclados, voz) y su hermano Sean Gannon (batería y armónica).

Subieron riéndose. Y una vez arriba, los Stodart y los Gannon -con el relajo de los despreocupados- siguieron en la misma vibra. Según Romeo, en él había un resfrío y quizás sea cierto, aunque no nos consta. A la izquierda, su hermana supo mover las caderas con cadencia en canciones como Love’s a GameI y I See You, You See Me, pero también apretó el acelerador cuando la ocasión lo requirió. La austeridad de instrumentos fue un detalle casi prescindible. Los cuatro, tan compenetrados como consanguíneos, hicieron música y conversaron a pesar del acople constante que intentó boicotear la pulcritud del cuarteto.

Quizás por la edad, por el espacio, por el lugar o por el público, los números mágicos de Inglaterra montaron un concierto que siguió la misma lógica de la noche y sus teloneros: la ausencia total de pretensiones. En su público, la premisa fue la misma: quizás no hubo nada grandilocuente, pero sí cierta  pasión secreta e invisible y no por ello menos ardiente. El estallido de los auditores sencillos vino en Love Me Like You, otro hit de la banda que sirvió para marcar su último regreso a escena.

Harvest Moon, original de Neil Young, marcó la comunión que siempre ocurre en los conciertos que funcionan. El carisma de las dos parejas de hermanos fue el bálsamo necesario de una noche larga y numérica, que careció de cualquier lentejuela plástica.

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