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Editorial

Por ti, por mi y por todas mis compañeras: Gracias Duffy por compartirnos tu experiencia, ya que tu experiencia también es la mía.

Es complejo comenzar a escribir en marcos de una nueva conmemoración al día de las mujeres, y sí, conmemoración del día de TODAS LAS MUJERES. De alguna u otra manera muchas estamos cansadas de que este día se transforme en una especie de romantización a una idea o a un constructo cultural de que el día de LAS MUJERES debe ser “celebrado”, debe ser “regaloneado”, y tantas otras malditas frases que nos han inculcado desde chicas, cuando en realidad es un día de profunda reflexión, de profundo dolor, pero que sin duda alguna, también es un día que a muchas nos regala un pequeño grado de esperanza.

En este sentido, resulta imperativo no reconocer la importancia del feminismo, como corriente política, y también de los estudios de género, como una manera de visibilizar las problemáticas que sufrimos las mujeres en nuestra vida cotidiana y distinto nivel, ya sea desde la hipersexualización de nuestros cuerpos, hasta el punto en que debemos masculinizar nuestra imagen para sentir una especie de falso e hipócrita “respeto” para que nuestras opiniones sean escuchadas, porque si mostramos mucho “somos putas”, si nos tapamos hasta el tobillo “somos cartuchas”… acaso, ¿aún existen dudas al respecto?

Históricamente las mujeres hemos vivido en un sistema de subyugación, opresión y también de discriminación que se contagia como virus a través de las construcciones culturales de índole patriarcal, como un virus que no solo impacta en la forma en que concebimos el mundo, sino que por consecuencia determina nuestros actos, seamos mujeres u hombres. Debido a esto es que por efecto, hemos concebido cada acción, cada expresión a través del binarismo genérico como una constante en nuestras relaciones e interacciones sociales a diverso nivel, es decir, “las mujeres son delicadas, suaves, comprensivas, empáticas y sensibles”, mientras que en el caso de los hombres, operan concepciones completamente opuestas, lo que en marcos de relaciones socio-afectivas, se traducen en una especie de paradigma “del cazador”, ese hombre capaz de todo, que sabe lo que quiere, y cuando ve la oportunidad, va por su presa. Una especie de consolidación de la violencia patriarcal en marcos de sexismo hostil que produce y reproduce este tipo de relaciones sistémicas de dominación, donde la mujer es un objeto sexualizado y carente de decisión. Esto es parte de lo que podemos inferir de lo que nos compartió Duffy a través de su cuenta de Instagram, en donde nos relata parte de su experiencia de agresión sexual.

Siempre es duro para todas nosotras enterarnos que a una de nuestras compañeras, sea de donde sea, la vulneraron no solo en la experimentación y ocurrencia de los hechos, sino que la seguidilla de recuerdos y pesadillas la siguieron vulnerando como fantasmas esos largos 10 años. Es duro, siempre es duro hablar, escribir y/o exteriorizar algo así, pero lamentablemente su experiencia, es la de todas. Por esta razón, no se debe hablar de forma morbosa tratando de saber todos y cada uno de los detalles de maltrato que sufrió la cantante británica, sino que, en marco del 8M, hoy reflexionaremos esta experiencia como extensiva a nuestras vidas, sí, a la vida de todas y cada una de las mujeres que hemos experimentado alguna vez un tipo vulneración patriarcal a diverso nivel.

En primer lugar, la compositora de Mercy comienza su relato con “Solo puedes imaginar la cantidad de veces que pensé en escribir esto. La forma en que lo escribiría, cómo me sentiría después”. Es profundamente desolador que como mujeres aún dudemos de contar nuestras experiencias de transgresión, y peor aún ¿por qué dudamos tanto de un hecho tan legítimo y catártico como contar lo que viví? Esta situación se responde desde un panorama general como el cuestionamiento a nuestras emociones y sensaciones a razón de la interiorización y naturalización de la dicotomía socio-cultural de las relaciones genéricamente establecidas, en otras palabras, esa maldita socialización diferencial. Esto, permite reconocer desde dónde se reproducen estos patrones, estas formas de vivir y comportarnos a lo largo de nuestra vida. De este modo, la interiorización de la socialización diferenciada, como parte de la estructura cultural patriarcal, también impacta en las concepciones estereotipadas sobre el “deber ser mujer”, en este sentido apunta directamente a la idea de que las mujeres somos más sensibles, y por ende nos afectan cosas, hechos y/o acciones que a los hombres no.

Es ese estúpido sexismo que está enquistado en el más profundo de nuestros subconscientes es el que nos hace dudar sobre nuestras sensaciones y emociones, es ese estúpido sexismo el cual nos nubla e inseguriza cada vez que experimentamos algún tipo de violencia y no logramos identificarlo en primera instancia porque se nos ha educado inseguras, pero que sin embargo, esa sensación de incomodidad y miedo es la que nos alerta de que algo está pasando, lo bloqueamos porque “el deber ser mujer” con el cual hemos sido socializadas significa ser, en términos coloquiales, la loca histérica.

Seguido de ese inicio, Duffy es directa al señalar que fue “violada, drogada y mantenida cautiva durante algunos días”. No hay margen de error al reconocer que lo que vivió la cantante británica es una de las experiencias más duras y sanguinarias que se puede experimentar, puesto que el uso indiscriminado de estupefacientes como mecanismo y herramienta para facilitar un abuso sexual, y que además de todo lo recientemente señalado, ocurra en contexto de secuestro, es una de las formas más monstruosas con las cuales se puede agredir a una mujer. Pero ¿qué es la peor dentro de todo esto que ya es horrible? Lo peor es que su experiencia no es un hecho aislado.

La vivencia de agresión sexual, pudiendo ser abuso o acoso sexual, es una realidad que experimentan en su mayoría mujeres, esto se puede explicar de forma escueta por las concepciones culturales que naturalizan la sexualidad de la mujer como una “propiedad” del género masculino, en este sentido, la relación de poder y opresión que subyace de lo recientemente señalado reproduce relaciones de dominación, las que determinan que la sexualidad de la mujer está violentada, manipulada, agredida, irrumpida por un agresor, ya sea que use la fuerza o la intimidación. Es por esta razón que, por muy sobrecogedora que sea esta experiencia, es una realidad que han vivido muchas mujeres, o peor aún, esta agresión sexual es una constante en las relaciones sexo-afectivas heteronormadas, las cuales en diversas ocasiones reproducen la agresión sexual como una realidad invariable dentro de la dinámica de interacción afectiva y sexual de parejas.

A este punto, llega a ser complejo seguir desarrollando una formulación casi que pseudo sociológica de lo que significa una agresión sexual. Es por esta razón que es de suma importancia utilizar este espacio como un emplazamiento a las autoridades, y a todas las redes de responsabilidad que subyacen de la práctica abusiva de agresión sexual, puesto que, en términos legislativos, a nivel internacional, la exteriorización y posterior denuncia de abuso sexual se transforma en una suerte de tabú para los organismos judiciales, puesto que se remiten únicamente a la obtención de pruebas, pero siempre son insuficientes, acaso ¿tenemos que hacer un video con el celular mientras nos violan para que un juez me crea? En otro nivel, apelando a las redes institucionales de apoyo a las mujeres víctimas de agresión sexual, les pedimos de forma categórica que se hagan partícipes de la vida de las mujeres que han experimentado algún tipo de violencia, que de una vez por todas tomen el real compromiso que significa acompañar a las mujeres, de manera institucional, en contexto de agresión sexual. Los canales de violación de espacio personal y/o compartir espacio con el agresor se transforma en una tortura y un calvario que desata una enorme ansiedad para nosotras y que volvemos a ese punto maldito de reconocer que el sistema es patriarcal, es machista, y que al final del día, estamos solas frente a un agresor y un sistema paternalista que protege al violador.

Para concluir la exteriorización de esta experiencia Duffy de forma humilde, pero también sincera nos pide: “Por favor, apóyenme para que sea una experiencia positiva”. A este punto ya no queda más análisis que hacer, ya no queda nada que inferir ni nada que cuestionar, sin lugar a dudas que la experiencia contada por la artista transformó su vida, a tal punto que desapareció de la industria musical por más de 10 años. Muchos medios se aproximaron a la idea de que podría ser una de las artistas más importantes en su género, y quizás también en la escena británica. Pero transitar por esta experiencia a sus cortos 24 años, le cortó sus sueños, sus anhelos y planes. El hecho que hoy pueda contarnos que pasó, por qué desapareció, también nos permite visibilizar ese mundo que nosotras vivimos día a día pero que no sale en los medios. Dentro de esta experiencia monstruosa, la experiencia de Duffy nos libera un poco más a todas. La visibilización de la agresión también es un acto político y de resistencia frente a un sistema patriarcal que nos quiere sumisas, que nos quiere calladas, que nos quiere oprimidas.

Tal como dijo Anita Tijoux “No nacimos feministas, nos hicimos feministas”, es que hoy, y con más fuerza que nunca se hace necesario apropiarnos de los espacios, conocernos, reflexionar y abrazarnos como mujeres, desde la sororidad, y no desde la competencia. Porque así nos quiere este sistema jerárquico y excluyente, como diría Judith Butler. Hoy nuestra gran herramienta es la sororidad como arma desestabilizadora de las relaciones de dominación, porque cuando nos tocan a una, nos tocan a todas. Gracias Duffy por contarnos lo que te pasó, porque yo lo viví, mis hermanas, mis amigas, mi madre, mi abuela y las que ya no están también lo vivieron.

Karin Ramírez Raunigg

Socióloga intoxicada en música.

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